Un mes más tarde: San Antón

Va a hacer un mes que se celebraron en mi pueblo las X Jornadas de Historia local, un empeño que parecía, cuando a finales de los 90 se preparaban las primeras, que quizá no pudiera dar mucho de sí. Ya se sabe, lo típico: que si la gente a estas cosas no responde, que si esto no interesa, que si un tema reducido a la historia del pueblo se agota pronto… Pues toma ya: diez años, a cinco charlas por cada edición, el caso es que en Tauste se llevan ya cincuenta charlas programadas, y las cincuenta han sido interesantes, a juzgar no sólo por la calidad de muchas de ellas, sino por el éxito de asistencia alcanzado, siempre a tope de público. Siempre a tope: ¿cómo que no interesaba?

La Asociación El Patiaz se encarga de organizarlas; y este año me pidieron que participara con una charleta sobre la iglesia de San Antón.

¡Ay, San Antón, pobrecica! Yo le tengo muchísimo cariño, por singular, por modesta, por desconocida, casi por misteriosa… y porque hace ahora nada menos que 25 añazos hice un trabajo de curso, para una de las asignaturas de 2º de carrera, sobre ella, cuando estaba en pleno proceso de restauración.

Aquí, la coleguita con sus 19 añitos en flor, haciendo de petoste enmedio de las obras.

Le digo pobrecica a esta iglesia porque ha llevado muy mala vida. Siempre la conocí cerrada, hundiéndose; y cuando finalmente la restauraron, para empezar el resultado no fue demasiado respetuoso, en fin, pero lo peor es que desde que las obras acabaron ha permanecido cerrada y sin uso. Veinticinco años lleva así, y vuelve a empezar a deteriorarse. ¿Para qué se restauró, entonces? ¿Para qué se invirtió el dinero? Obviamente, para salvar el monumento; pero…

La charla de estas últimas jornadas pretendía servir para dos cosas: para destacar las singularidades del monumento, puestas al descubierto en su mayoría durante el proceso de restauración, del que fui privilegiado aunque inexperto testigo (sólo tenía, insisto, 19 años); y para proponer al respetable una reflexión sobre la utilidad de aquella restauración, sobre el uso que cabría dar, de una vez, a esta iglesia.

De las singularidades, destacaré sólo que

–esta iglesia, al menos la parte de su cabecera, es el monumento románico más meridional de las Cinco Villas, situado en una tierra donde domina el ladrillo y donde, por tanto, floreció el arte mudéjar; así que se empezó en grandes sillares de piedra, como mandaban los cánones europeos, pero enseguida hubo que desistir del empeño y seguir con el material que se tenía más a mano, porque en mi pueblo no hay piedra de ésta caliza estupenda, así que se empleó la humildísima y abundantísima piedra de yeso. (Pasó algo parecido en otros lugares, como Magallón o la propia Seo de Zaragoza; pero allí la continuación de la obra se encargó a los mudéjares y ellos la siguieron en ladrillo, con un resultado bastante más espectacular. En mi pueblo debimos de ser unos cabezones y nos dio por otra cosa, supongo tal vez que por empeño en “no dársela a los moros”, con resultado mucho más pobre.)

–que, pese a esa extraordinaria ubicación, se contó para decorarla con el mejor maestro escultor del momento, el llamado “Maestro de Agüero” o “Maestro de San Juan de la Peña”, que dejó muestras de su arte en numerosas iglesias y monasterios de la Jacetania y las Altas Cinco Villas, reconocibles por su fina talla y por algunas escenas recurrentes en su quehacer, como la famosa bailarina que se contorsiona hacia atrás, hasta rozar el suelo con su cabellera.

Una de las piezas del Maestro de Agüero hechas para San Antón, halladas durante las obras de restauración.

Un capitel similar, en la portada de la iglesia de San Salvador de Ejea. Foto tomada de www.romanicoaragones.com.

–que conserva restos de pinturas murales góticas en uno de sus muros, en concreto un Pantócrator que descubrieron en una visita mis queridos profesores Joaquín Vispe y Gonzalo Borrás, allá por el año 82, acompañados por mi no menos querido Carlos Alegre, que era entonces el alcalde. Luego las pinturas casi desaparecieron, comidas por la humedad. (Ay…)

–y que quedan muchas incógnitas por descubrir todavía, pues no ha sido objeto hasta la fecha de ninguna investigación digna de llamarse tal. No las detallo aquí porque me saldría un post larguísimo. Pero son, se lo aseguro, muy jugosas.

La jornada fue para mí muy agradable, y hasta tuvo sorpresas: la mejor, la presencia aquella noche de mi amigo Harry Sonfór, que se vino de propio con su señora, y vaya alegría que me di. Ay, qué alegría. También me alegró ver allí a tantos amigos, oír la presentación de mi amiguica Maricarmen Ansó (“Mamen” en los comentarios de este blog) y contar con la presencia de mi padre, tan poco aficionado a salir de casa y menos para estos saraos; no oyó un pimiento porque está bastante sordo y se puso muy atrás, pero igualmente le gustó mucho mi intervención. Eh.

Lo que me gustaría verdaderamente es que esa charla hubiera servido para algo. En concreto, para que el debate que se suscitó al final sobre el posible uso que cabría dar a la iglesia, y en concreto sobre si convenía o no dedicarla a Centro de Interpretación del Dance (aclaro que el Dance de Tauste es una de nuestras señas de identidad más queridas, y que cuenta con la declaración de Fiesta de Interés Turístico), condujera a una resolución concreta que la hiciera revivir.

A mí, sinceramente, no me parecería mal que ese espacio sirviera para contar la historia del dance, explicar en qué consiste y difundir su valor, ayudar a conocerlo mejor. Pero si no se considera ése el destino más adecuado para el monumento, creemos allí una ludoteca (que andamos escasos en Tauste de recursos para los críos), o traslademos allí la biblioteca, o convirtámosla en un pub. Lo que la gente quiera, lo que el pueblo decida, pero que se le dé un uso: lo que no podemos hacer es dejárnosla caer, seguir teniéndola abandonada y llena de humedad. ¿Qué pasa con una casa cuando se cierra? Pues eso mismo está ocurriendo con la iglesia.

Mi pueblo es grande, tiene más de 7.000 habitantes pero muy poco empuje cultural. Está la excelente Casa de Cultura, vivísima y activa, casi desbordada; pero esa casa se creó en los años 80, y desde entonces pocas iniciativas de importancia se han puesto en marcha. A mí se me suben los colores cuando veo que pueblos mucho más chiquiticos, con menos recursos y peor comunicados tienen festivales de cine, museos, centros de interpretación, jornadas de múltiples temas, exposiciones, actividades de mil colores… y en mi pueblo grandón y rico seguimos pensando, como cuando se organizaban las primeras Jornadas de Historia, que esas cosas no interesan a la gente y que son poco menos que accesorias.

No dejemos que San Antón se nos vuelva a caer, no lo dejemos abandonado más tiempo. No seamos tan irresponsables. Y busquemos dinero para financiar un estudio: estoy segura de que todas esas incógnitas que aún mantiene se convertirán en estupendas sorpresas.

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Una respuesta a Un mes más tarde: San Antón

  1. inde dijo:

    Rockberto, o Tausterock, que tanto monta, escribió una entrada hermosa sobre el evento en su blog: http://tausterock.blogspot.com/2009/02/marisancho-en-las-x-jornadas-de-la.html

    ¡Gracias!

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