El síndrome de la Campana de Huesca

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En esta tierra cainita que es la aragonesa, parece que arraigó de manera singularísima el consejo que el abad que San Ponce de Tomeras dio a Ramiro II, el Rey Monje, para solucionar el problema de sus nobles levantiscos.

Aunque es archiconocida, resumo la historieta: Ramiro II, que se había visto obligado a dejar los hábitos y su querido monasterio para ocupar el trono del Reino de Aragón porque no había otro sucesor en ese momento, tuvo que enfrentarse al grave problema que le suponía la actitud de sus principales nobles, no muy dispuestos a subordinarse al poder de un rey que creían flojo de ánimo y poco ducho en asuntos de política y guerra. Sin saber muy bien qué era lo que debía hacer, Ramiro II consultó la opinión de su antiguo abad, y envió a un emisario para que se lo preguntara.

Cuando el emisario llegó, el abad estaba cortando las flores más altas de su jardín. Y esa fue su única respuesta: “Dile al rey lo que me has visto hacer”. Ramiro II entendió que lo que tenía que hacer era cargarse a los personajes más significados, y a fe que le hizo caso. Reunió a sus nobles, al parecer con la noticia de que quería tratar con ellos la situación, y cuando los tuvo a todos en su palacio los hizo bajar a una sala donde, uno a uno, un verdugo les fue cortando la cabeza. Con las cabezas, cuenta la leyenda, hizo sonar una campana “que se oyó en todo el Reino”.

Bueno, pues no imaginaba aquel abad la fortuna que iba a hacer en Aragón aquel su consejo: aquí parece que no tenemos otra cosa que hacer que estar esperando, con la tijera bien dispuesta, a que alguien despunte un poco y saque la cabeza por encima de la media. Porque en ese momento, ¡zaca!, le pegamos un tajo que lo dejamos seco. Chst, qué coño se había creído ése.

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