Dos días por la Ribagorza

Ángel es un tío culto, bueno, sibarita y feliz. En su casa hemos disfrutado durante dos días de todo eso, y no es decir poco.

Lo que me gustaría ahora es contar esos dos días en tiempo real. Créanme que lo pasarían bien. Ha sido como dejarse coger de la mano, igual que un niño, y de esa mano ir a ver cosas, estar con gente, charlar de mil historias, tener todo el rato el “modo esponja ON”, con los ojos muy abiertos y el ánimo naturalmente bien dispuesto a estar bien.

Mis críos se han vuelto felices, tanto como los mayores. El domingo por la mañana fuimos a coger fósiles a un monte (no hay que excavar ni que nada: están sueltos a flor de tierra, y hay más caracolillos que piedras vulgaris) y ayer Quinito se llevó unos cuantos a clase para que los vieran sus colegas. La maestra les decía: “Tienen un millón y medio de años”, y ellos miraban los dibujitos que les había hecho el propio Ángel para que los supieran reconocer e identificarlos con sus nombres… Ay, qué buen maestro hemos perdido con él, que optó por no dedicarse a la enseñanza. Era flipante enterarse, por ejemplo, de que los nummulites, siendo unos pequeñajos unicelulares, funcionaban como un submarino…

Vimos el castillo de Benabarre de la mano de su arqueólogo de cabecera, Javier, de Huesca pero naturalizado ribagorzano ya desde hace años, por enamoramiento profundo de su trabajo. Andaba muy cabreado porque hacía pocos días que un chaval (o chavala) había hecho un par de pintadas bastas declarando su amor a su churri con spray morado, y ahora habrá que gastarse una pasta en sofisticados sistemas que borren la pamemada sin dañar la mampostería de los muros. Y es que convendrán conmigo en que hay enamorados plastas que se merecen un garrotazo, por pesaos y bobos.

En Benabarre hay, además, gente estupenda que guarda colecciones de objetos de la vida diaria de nuestro pasado reciente con un amor más delicado que el de la churri en violeta, y que te abre su puerta con una hospitalidad reconfortante; y otra que fabrica unos chocolates (los Brescó) que son una perdición pa mis kilos (bueno, en fin, pa ganarlos van estupendamente; casi tanto como al paladar); y otra que (en el Arp) cocina unos calçots con una salsica que te derrites, y tan generosa que no le importa un comino darte su receta para elaborar un rico arroz con trufa…

Habré de averiguar por qué en esa tierra fronteriza, y por eso mismo abierta (aunque también agredida por un permanente impulso colonizador desde el Este), les da por celebrar algunas de sus fiestas con guisos de judías blancas: así vimos que hacían en Luzás, donde la hermosota hoguera preparada junto a la iglesia anunciaba, sin embargo, que las judías iban a ir acompañadas de más viandas a la brasa; y así también celebraban su fiesta los antiguos vecinos de Barasona y sus descendientes, que se reunieron el domingo junto al pequeño recinto que la CHE dispuso, a la orilla del pantano pero en seco, para trasladar el cementerio del viejo pueblo inundado.

Este año, la celebración era especial: habían conseguido construir un túmulo que, en su sencillez, otorga la dignidad que durante más de ochenta años se les había negado a los restos de sus familiares, trasladados del antiguo cementerio de malas maneras, sin respeto, ni orden ni concierto, a lo bruto, a mogollón, en un puro montón. Era enternecedor, por un lado, ver su orgullo por haberlo conseguido después de tantos años; por otro, daba mucho que pensar el hecho de ver que un pantano olvidado de puro viejo, que ni de lejos va a ocupar los titulares de la prensa porque a qué fin vamos a tratar de una cosa tan lejana, sigue vivo en los corazones de la gente que se reúne cada año para honrar la memoria de sus raíces, de lo que fue su lugar y el de los suyos, y ocupa aún sus esfuerzos en la tarea de dignificar lo que las altas instancias les negaron desde siempre porque no consideraron que fuera merecedor de ningún respeto.

Pone los pelos de punta recorrer las inscripciones de las pequeñas lápidas de la gente que, a lo largo de los años, ha querido ser enterrada, aunque tuviera que ser traída sabe diós desde dónde, junto a los suyos, al lado de la tierra inundada que un día albergó la vida que les dio origen.

La Ribagorza tiene para mí casi más resonancias de los libros que directas de mis ojos. De cuando estudiaba en la Facultad aquellas “fortalezas en torno al año 1000” que sólo veíamos en foto. Viacamp, Luzás, Pilzán, Tolva, Pano, Perarrúa… Estuvimos a los pies de los dos primeros. Y hemos de volver aunque sólo sea para tocar esas viejas piedras y saludarlas de cerca, como a antiguas conocidas con las que has perdido relación.

Luzás

Viacamp

Graus fue una noche de conversación y trufas. En lo de las trufas no convendría abundar mucho, por aquello de que, aunque tiene fama el estupendo “Trufa-te” y el Mercado de la Trufa, casi deseas que esa fama no se extienda demasiado, para que ese tesoro que allí se expone no lo conozca todo el mundo. Vale más insistir en que, por ese y muchísimos más motivos, esa tierra ribagorzana necesita ser preservada de agresiones constantes, antes explícitas y hoy larvadas.

Cuando un dedo se posa sobre un mapa y dice “aquí vamos a hacer un pantano”, cae sobre ese lugar del mundo una maldición. Desde el momento en que el designio de un gerifalte en un despacho marca una tierra como punto concreto para ser destruido, la destrucción se ceba en él; y no sólo en forma de masa de agua represada que lo inunda, sino también, y ya puestos, como zona favorita para albergar infraestructuras dañinas: como, gracias a nuestros designios hidráulicos, esta comarca se ha ido despoblando, hay poca gente que pueda protestar si les cascamos, al lado, un vertedero de desechos tóxicos o una tremebunda línea de alta tensión. Total…

Pero queda gente activa y bien activa que lleva años y años peleándose para que esos nuevos “regalos” no acaben de hacerse realidad. En la bellísima plaza de Graus, en una noche acompañada por el murmullo de los críos que jugaban desafiando felices al frío, me enteré de que la vieja Aragón-Cazaril no ha muerto, sino que sigue, de despacho en despacho, tratando de resurgir como un zombi maldito.

Cuando aquel horrible proyecto se desestimó (merced al Gobierno francés, no al español, que mandan eggs), las pilonas ya estaban plantadas jalonando los montes ribagorzanos, marcando amenazantes el territorio. Se dio a la empresa responsable del proyecto una indemnización sustanciosa para que las desmontara. Pero la empresa se guardó el dinero y jamás las desmontó. Antes bien las sigue argumentando como valor susceptible de ser aprovechado para un nuevo proyecto en el que sólo cambia el nombre (miren, por ejemplo, lo que decía aquí Red Eléctrica Española). Ya lo ha cambiado dos veces. El nombre, digo.

Las gentes de la Ribagorza pelean aún, después de más de veinticinco años, por que no les tiendan sobre sus cabezas y justo al lado de sus casas una peligrosa y agresiva línea de alta tensión que ahora se llama “Monzón-Isona“.

¿Se imaginan ustedes que fuera su caso? No me refiero a los afectados, sino a la empresa. Cualquiera de ustedes deja de pagar el IVA un trimestre, y Hacienda cae sobre lo suyo con todo su peso. Pero, vean, hay empresas que pueden hacer lo que les pete, les indemnizan para que no pierdan un dinerito invertido en un proyecto fallido, ellas se lo gastan en pipas y encima vuelven a la carga una y otra vez con la historia. ¿De verdad hay alguien que sigue creyendo que somos todos iguales ante la ley?

Jojojo…

Ángel se involucra con todas estas movidas hasta el cuello, pero no pierde la calma. Pelea bien. Y guarda, cultiva, mima una amplia red de afectos que envuelve y penetra su mundo, centrado en un hogar mágico lleno de espacios y objetos maravillosos que enamoraron a mis hijos. Que nos enamoraron también a los mayores. Un reducto confortable que es a la vez íntimo y abierto, que tiene a la vez bodegas secretas hundidas en la tierra y grandes balcones hacia el horizonte ancho, verde y ocre.

Quizá no para colonizar de nuevo esa casa, que aunque ya para mí es familiar sigue guardando un aura de sancta sanctorum, pero sí para volver a estar con Ángel y su derredor, hemos de volver allá. Quedaron muchas cosas que hablar, que ver, donde estar. Casi tantas como las que yo me dejo de contar.

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