Palabras de Javier Martínez Gil

Sobre el río Gállego (del que esta tarde hablará Lola Giménez Banzo en la Fac. de Económicas, a las 18:30).

Recorrido por un río herido: el Gállego

El término “herido” se queda corto, porque es un río que tendría que estar en la UVI , pero lejos de ser así, todavía pretenden darle un par de vueltas de tuerca más con la construcción de un nuevo gran embalse que inundaría un tramo de valle muy especial y detraería 300 hm3/año más del cauce principal para almacenarlos en otros tres nuevos embalses, tres, en este caso laterales, con los que ampliar la superficie regada y beneficiar a perpetuidad de unos pingües beneficios hidroeléctricos a quien le sean adjudicados. Estoy hablando del proyecto del  embalse de Biscarrués.

La hipocresía y la complicidad de la Administración responsable pretenden decirnos que han sido hechos los estudios pertinentes que aseguran que todo ese nuevo impulso explotador no degradaría al río ni lo disfuncionaría, porque garantiza esa vergüenza de caudal al que han querido darle el nombre de “ecológico”, que equivale a admitir que a cada río le sobra el 90% de su agua, y que ese agua hay que dársela a quien la “necesita”.

¿A quién le sobra un riñón, una mama, un testículo, un ojo, un oido, el pelo, dos dedos de cada mano, la mitad de los dientes, por más que pueda vivir sin ellos al tener dos? ¿Podríamos acaso hablar de una respiración ecológica, reducida a cinco inspiraciones por minuto, suficiente para vivir y decir que el resto nos sobra? ¿De qué modo de vida estaríamos hablando?

Todo tiene un límite y un momento. En el Gállego ambos han sido ampliamente sobrepasados. Hay actuaciones que en su día fueron oportunas, incluso necesarias, pero hoy, una vez sobrepasado un determinado umbral, ese tipo de obras en nuestro país son ya improcedentes, no tiene sentido seguir proyectándolas; son  incluso contraproducentes, porque en la sociedad han surgido otros valores y otras necesidades que atender, y porque los ríos tienen otras funciones que cumplir que las de dar satisfacción al afán sin limite de la codicia humana, sea en este caso la de un poderoso sindicato de riego, un poder hidroeléctrico o una gran constructora. Hoy los ríos, lo poco que de ellos va quedando en Aragón, pueden dar otras prestaciones que antaño no eran necesarias, y hoy en cambio sí.

[…]

Hoy esa comarca es un ejemplo de libro de desarrollo sostenible; es decir respetuoso. Disfruta de una vitalidad y tiene una ilusión colectiva, la que les ha dado el río con sus aguas. Se ha visto favorecida por el mejor regalo que le puede caer a una comarca, la llegada de gente joven y preparada, sana y con entusiasmo. ¿Quién tiene derecho a destruir tamaña expectativa? ¿Quién puede robar este patrimonio a las generaciones venideras y a todos los que lo usamos con respeto?

No hay razón de necesidad de nadie que justifique tamaña destrucción ni semejante inversión, ni regantes ni hidroeléctricos. Valen más las cintas que el manto. Llegado el caso, sería más barato y juicioso retirar cinco mil o diez mil hectáreas del regadío actual a cargo del Estado, que hacer semejante inversión económica y tamaño atropello patrimonial y moral a la gente afectada.

Otra cosa son los intereses en juego, la codicia  del dinero público que mueve una obra  así, las comisiones y el chalaneo político y los electoralismos a los que se presta. Quienes la reclaman y quienes tienen la responsabilidad de hacerla o desestimarla, parece que han perdido no sólo el sentido común sino también el sentido del límite.

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