Mis farmacéuticas de cabecera

Hoy ha habido una farmacéutica, que supongo estúpida, que ha tratado mal a mi amiga Martica. Ella ha dejado un comentario ori[gi]nal en FB al respecto que me ha dado mucha risa (jjjj…) y que de paso me ha hecho pensar, por oposición, en las mías, las farmacéuticas de mi calle, que son la cosa más rica y más maja del mundo mundial.

Así que me ha apetecido contarles a ustedes que en la calle Predicadores de Zaragoza hay una farmacia atendida por unas señoras, profesionalazas ellas, que incluyen dentro de esa profesionalidad una dosis de cariño por el personal que es algo impagable. No olvidaré jamás sus atenciones, en parte como farmacéuticas y en parte como madres, cuando yo tuve al Quinito y, como primeriza, me agobiaba por todo. Como el crío tenía cólicos y gaitas de estas petardas que tienen los recién nacidos, me hice con ellas un máster en biberones. Me veían entrar por la puerta y me decían: “¡Hala, que ya está aquí la mamá de las tetinas!”. Me ayudaron tanto, se me hicieron tan cómplices, tan dispuestas a ayudar, tan pacientes, tan adorables…

Si hace tiempo que no ven a mis críos me riñen para que se los lleve, y cuando lo hago les dan piruletas (sin azúcar) y un porrón de besos. También cuando mi madre estuvo tan malica se pusieron de mi parte para ayudarme con todo el follón de aquellas horribles recetas crónicas que había que sellar y que… buf, yo qué sé: ellas lo sabían hacer todo más fácil.

Las quiero mucho. Las queremos todo el barrio. Y creo que lo saben: se les nota en la sonrisa.

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