Fijación con los libros

Ando sorprendida últimamente con la fijación que tienen por los libros los nuevos gobernantes autonómicos y provinciales del PP. Las “movidas” más llamativas que han organizado, en formato denuncia, sobre la gestión de los anteriores responsables de las instituciones correspondientes han tenido que ver, precisamente, con los libros: en octubre pasado tuvimos durante varios días una ración de noticias en Heraldo de Aragón vinculadas con la existencia de un almacén de libros en el Polígono Argualas de Zaragoza (véase aquí, por ejemplo); y ahora, desde el pasado martes, les ha dado por los catálogos de la DPZ: llevan ya tres entregas.

Yo leo pasito a paso las noticias y alucino: no acabo de entender muy bien ninguna de las dos historias. Vayamos con la primera, pongo el titular:

Y ahora apunto los datos que da la propia noticia: es un almacén de libros por el que se han pagado 850.000 € desde hace 19 años (lo que supone 3.750 € al mes) y que guarda 400.000 ejemplares de 2.760 títulos “distintos”, editados desde hace 10 años (aclaro: el almacén está arrendado desde hace 19 años pero guarda “textos fechados hace una década”). El titular, por si no se han fijado, remarca que son “libros olvidados”.

Las cifras así, dichas en global, parecen una pasada, en efecto. Pero yo sentí sonrojo al leer aquello, y no por las cifras sino porque la noticia en sí evidenciaba un desconocimiento profundo, tanto por parte de los nuevos gobernantes como por la de quienes les daban voz, de lo que es el mundo del libro, de la edición y, sobre todo, de la distribución; más especialmente, de todo eso aplicado específicamente a la edición institucional. El tono general de la noticia, para empezar, transmitía una idea de fondo: la de que el hecho de que la DGA se gastara el dinero en publicar cosas era un dispendio, un derroche inútil. Pero luego, si te molestabas en hacer un par de sencillas divisiones, resultaba que no era, ni mucho menos, para que el diario decano de la región aragonesa le ofreciera ya no un titular, sino ni siquiera en un breve en página izquierda.

Yo llevo media vida dedicada profesionalmente a los libros: a escribirlos, maquetarlos, corregirlos, editarlos, (intentar)venderlos… y sé, como cualquiera que pertenezca a ese mundillo, que lo difícil en la edición es la distribución. Es el quid de todo, la pieza clave. Si uno supiera, cuando saca un libro, cuántos ejemplares va a vender, ajustaría exactamente la tirada. Pero no lo sabe. Así que lo sobrante lo tiene que almacenar, comérselo con patatas, saldarlo o mandarlo al papelote, asumiendo en todo caso los gastos añadidos y las pérdidas. Hay casos de verdadero drama, ediciones optimistas que no se venden un pimiento. Así de veces. En la edición institucional, ni te digo: como su supervivencia no depende de si un libro se vende o no, van con más alegría, no están tan pendientes de la distribución y la venta, y sobran libros a patadas. Además, en más de un caso, y en más de un centenar, se publican memeces. Eso, en todos los organismos oficiales.

Por eso digo lo de que las cifras que se ofrecían en esa noticia, con ser abultadas porque se referían nada menos que a 19 años, no me parecen reseñables ni para un breve: 3.750 € mensuales de alquiler es lo que se paga por un localucho cualquiera en una zona céntrica de Zaragoza, así que no es extraordinario que se pague por una nave capaz de albergar cientos de miles de libros. Que le pregunten a cualquier distribuidor de libros lo que cuesta mantener sus instalaciones. Y en cuanto al número de ejemplares, que se cifra en 400.000, si se los divide por la cantidad de títulos “distintos” (disculpen que insista con las comillas: es que estaría bueno que no lo fueran; ¡ay, si mi adorado Lázaro Carreter levantara la cabeza!), pues eso, que si se dividen 400.000 ejemplares por 2.760 títulos, ¡desde hace 10 años!, sale la exigua cantidad de 145 ejemplares sobrantes de media. Y tengan en cuenta que no eran solo libros lo que se almacenaba, sino folletos, montones de folletos turísticos o de otra índole… Cualquier editor, distribuidor o librero diría aquí: ¡ole con ole y con ole! Ojalá de cada libro que se edita, y ya no digo si lo es con la alegría con la que suelen actuar las instituciones, sino con el cuidadín con el que se tientan la ropa las editoriales privadas, sobraran solo 145 ejemplares. Con un canto en los dientes nos dábamos, oiga.

Hay más cosas chocantes de esa “noticia”: una, que el periodista se siente en la necesidad de informar al respetable de que al gasto en alquiler del almacén “hay que sumar lo que se gasta en editar estos materiales cada año”. No te fastidia: pues claro. ¿Autores, ilustradores y fotógrafos, editores, imprentas y transportistas no cobran, o qué? ¿Por qué se conceptúa el dinero necesario para editar libros como “gasto” y no como “inversión”? Caramba, me gustaría saberlo… Les pido que reparen, a partir de ahora, en la cantidad de veces que a cualquier cosa, a veces incluso dañina, la llaman “inversión” en nuestra Comunidad. Alucinarán. Para empezar, por ejemplo (y pueden llamarme puñetera con toda razón), supongo que no hará falta que les diga que los dineros que se destinan a la publicidad institucional en los medios suponen un pastón al año. ¿Qué beneficio nos reporta a los ciudadanos una publicidad “costeada con el dinero de los contribuyentes” (como dice el Heraldo que pasa con las publicaciones de la DGA, para que nos duela y nos soliviantemos)? ¿Esa publicidad en los medios es un “gasto” o una “inversión”? Me gustaría que alguien diera las cifras exactas; pero, ah, señores, eso… no es noticia. Ni que fuera sumando el monto total de, pongamos, 19 años.

Bien, estamos con que lo de los libros es un gasto. Los libros que publican las instituciones, sin parar mientes de lo que sean ni de lo que no (y aun reconociendo que hay mierdas del tamaño de la pirámide de Gizeh), son completamente prescindibles, a tenor de lo que continúa diciendo la misma noticia del Heraldo:

Solo con la suma acumulada durante las casi dos décadas de contrato de arrendamiento podrían haberse creado, por ejemplo, tres escuelas rurales como la que se estrenó este año en la localidad oscense de Ontiñena (ha costado unos 300.000 euros), o haber invertido en la ampliación de dos campos de fútbol como el previsto en el municipio zaragozano de San Mateo de Gállego, entre otros proyectos.

¡Por Dios, cómo se puede “gastar” en libros cuando se puede “invertir” en ampliar dos campos de fútbol como el de San Mateo de Gállego! ¡Esto es un sindiós! ¿Pero es que estamos tontos, o qué? ¡Viva er fúrbol, manque anarfabeto! Y lo de las tres escuelas rurales como las de Ontiñena se podría solucionar también con unas cuantas partidas destinadas a la publi institucional en el Heraldo y otros medios, digo, ¿o no? Yo es que ya me estoy imaginando los titulares…

En fin. Me viene a la cabeza ahora lo que les decía Francisca Castillo, la mujer de Emilio Garcés, de Jánovas, a los del pueblo de al lado que venían a joderles como asalariados de Iberduero: “¡Que vosotros sois obreros! ¡Que sois mis vecinos! ¿Cómo os prestáis a esto?”. A los mandamases del periódico les diría cosas peores, sí. Pero me limito a lo esencial: recordarles la importancia que tienen los medios de comunicación, que me parece (y no soy la única, ni mucho menos) que su responsabilidad se les ha olvidado, y luego echaremos la culpa de los cierres y los eres a las redes sociales.

O sea, y resumiendo: la “noticia” cuenta que la DGA necesita un almacén para guardar sus publicaciones, y que paga por ello 3.750€ mensuales. Y que dentro, resulta que hay libros que no se han vendido: 145 ejemplares por título publicado, de media. El premio Pulitzer de periodismo les van a dar a los del Heraldo, seguro. Y el premio al Ignorante Editorial más preclaro del año, al lumbreras del gobierno autonómico actual que se creyó que descubría el gran pufo sacando estos datos, y que lo único que puso en evidencia fue su incapacidad para hacerse cargo de nada que tenga que ver con la edición… ni aunque fuera la de la hoja parroquial de su barrio. Con este desatino, demuestran claramente que desconocen el sector de cabo a rabo.

[Me ha salido muy largo el post, incluso tomando de media mis consabidos “post-tocho”. Lo de los catálogos de la DPZ, que era en realidad el tema que me había impulsado a escribir, lo dejo para mañana. Seguiré desde el hospital, que me toca turno de cuidado de papi. Buenas noches…]

 

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4 respuestas a Fijación con los libros

  1. Alberto Turón Lanuza dijo:

    Vaya artículo más bueno que has escrito. ¡Chapeau!

  2. angel dijo:

    cuanta razón tienes y cuanta demagogia barata nos tragamos (lo de los coches oficiales de la dga sacados a subasta va en esta misma línea). ardo en deseos de leer la segunda parte. ¿qué tal está tu padre?

  3. Bea Cuartero dijo:

    ¡Pedazo de entrada y de análisis! Lo malo es que la mayoría de los que hayan leído el Heraldo se lo habrán tragado y no leerán esto…

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