Se ocultó su procedencia

El #MuseuDiocesàLleida y la #Generalitat se empeñan en afirmar que los bienes de las parroquias del Aragón oriental (#BienesdelaFranja) fueron comprados por el obispo Messeguer. Pero no fue así, y eso es lo que ha determinado también la sentencia. Una prueba de ello puede encontrarse en el propio boletín de la diócesis de Lérida, que se llamaba «Esperanza» y se guarda en las bibliotecas, para que lo pueda leer cualquiera.

Os pongo algunos ejemplos. El primero corresponde al boletín del 25 de agosto de 1920 (p. 196): observad que se afirma que los objetos no se regalan, sino que solo se depositan en el museo para su mejor conservación, «reservándose el dominio la parroquia». Y la posibilidad que se plantea sobre una posible venta no sería al obispado, sino a terceros (bonita posibilidad, por cierto: se venderán mejor porque estando en el museo serán más conocidos y aumentará su precio; qué bochorno).

Quiero señalar especialmente otro detalle, que no debe pasar desapercibido: esto que vemos son argumentos que se plantean desde el obispado para que «las dos o tres familias más influyentes de la población» convenzan a los fieles de que no pongan obstáculos a que las piezas artísticas de la parroquia se entreguen al museo de Lérida, porque es lo cierto, según podemos leer, que una de las «dificultades de no escasa monta» para que el obispo de Lérida lograse su objetivo era «la intromisión de los fieles», que se oponían a que se les llevaran del pueblo unos bienes que consideraban suyos. Prácticamente cada vez que «rascas» un poco en la documentación de estos episodios aparece la oposición de los feligreses; que nadie tuvo en cuenta, pero que estuvo ahí.

Otro ejemplo más, del mismo boletín (25 de febrero, 1921): se afirma los objetos deben ingresar en el Museo porque nada pierden con ello las parroquias, al mantener íntegros sus derechos. No se puede ser más claro. ¿Dónde están aquí las ventas, ni la más remota intención del obispo leridano de recurrir a ellas?

El obispado de Lérida, por cierto, no era un comerciante de antigüedades: estaba en un plano superior (y la Iglesia no podía comprarse bienes a sí misma). El obispo se limitaba a solicitar las piezas (o a mendigarlas incluso, según se lee en el boletín del 25 de junio de 1921, pag. 231).

Hay más ejemplos y no les quiero cansar. Acabaré con un pasaje muy ilustrativo de una publicación de Joan Fusté i Vila, primer conservador del museo leridano, quien se encargó de inventariar por primera vez las piezas acumuladas, que ya eran casi dos mil, en 1918 (la publicación es de 1925, aunque en ese pie de imprenta ponga 1924):

«En ningún museo, quizá, era tan difícil la catalogación como en el de Lérida. Descuidada con toda deliberación y sistemáticamente, aunque con un fin plausible, la anotación de la procedencia de las antigüedades para que nadie pudiera venir con inoportunas reclamaciones, y conociéndose por el Boletín solamente la de los que le parecía bien al excmo. Sr. obispo…»

Vaya. Bonita precaución.

Van dos consideraciones:

1. Si los bienes se hubieran vendido, nadie podía haber ido luego con reclamaciones.

2. Se reclaman 111 piezas aragonesas, pero ¿cuántas habrá? Aquella «precaución» tomada por el obispo Messeguer para ocultar la procedencia de lo que se llevaba al museo sigue siendo eficaz para dificultar al máximo las reclamaciones hasta el día de hoy. Lo peor de todo es que dificulta también el conocimiento de nuestra historia, de la historia del arte, de lo que cada lugar produjo y se esforzó en poseer para sus iglesias. Eliminar el contexto de una obra es arrebatarle su sentido y arruinar sus posibilidades de estudio; se actuó igual que quienes van con un detector de metales a un yacimiento arqueológico y extraen sus piezas sin tener en cuenta el entorno en el que aparecen: arruinan la pieza y arruinan el yacimiento. El obispo Messeguer hizo exactamente eso.

En el juicio en Barbastro se aportó documentación de archivo que pretendía demostrar que hubo ventas. Se presentó como la gran novedad, aunque no era tal. Como ven, basta con leerse lo que el propio obispado PUBLICÓ. Su lectura, insisto, es accesible en las bibliotecas. Y me parece que deja las cosas muy claras.

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