Entorno espectral

Acabo de ver este vídeo donde el artista Fernando Sinaga explica algunas cosas sobre su intervención artística “Pantallas espectrales sobre el Ebro”, realizada por encargo de Expoagua en 2008 dentro de la intervención realizada en las riberas del Ebro cuando la Expo. La instalación se encuentra junto al río, en la orilla derecha, frente al recinto donde se celebró el evento. No me disgusta, aunque hasta que he visto el vídeo pensaba que era una valla publicitaria un tanto especial.

El caso es que escribo esto para darles un consejo: NO LA MIREN. Pese a que, en palabras del propio artista, está concebida para ser “un espacio de contemplación donde la mirada es fundamental”, porque “delante de las pantallas el paseante se enfrenta con el reflejo fugaz, cambiante e inestable del paisaje”; y pese a que, según la web del Ayuntamiento de Zaragoza, es ya “una de las obras más significativas del patrimonio artístico de Zaragoza”, insisto en mi consejo: NO LA MIREN.

¿La razón? Corren ustedes un serio peligro de darse un tozolón impresionante, hacerse una raja de varios centímetros y acabar, después de la correspondiente sutura y varios días de antibióticos, ingresados en el hospital. Como le ha pasado a mi chico.

Joaquín y Julia, mis hijos, fueron el lunes con un amigo mío que se los había quedado a comer ese día, a ver la crecida del Ebro en el Parque de la Cruz Roja, en la Almozara. Todavía no había llegado el caudal máximo, que se alcanzó en los días siguientes, pero ya la parte más próxima al río estaba inundada. Recorrieron un poco la zona, zascandileando por aquí y por allá, hasta que en un momento dado, mi chico pisó la tapa verde de un registro de los muchos que hay por allí. Algo como esto:

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¿Se han fijado ustedes que la tapa de la arqueta lleva un tornillo? Bien, pues en Zaragoza, o al menos en “uno de los mejores parques de la ciudad“, deben de estar de adorno, porque estaban todas sueltas. Desde luego lo estaba la que pisó Joaquín, pero también todas las demás de ese parque: la prueba está, para quien quiera comprobarlo o haya pasado por allí estos días, en que ahora directamente no hay tapas, porque se las ha llevado el agua.

Bien, ahora hay que añadir un plus de mala suerte: Joaquín fue a pisar una tapa que, por estar suelta como todas, se fue a tomar viento y le hizo caer; pero justamente aquella arqueta, además, estaba rota. Así que una arista de la dichosa cacharra, “fabricada en polipropileno de gran resistencia” le hizo un desgarro cojonudo en la pierna izquierda, por debajo de la rodilla. (Bien, aquí tenemos que añadir un factor suerte: llega a darse cinco centímetros más arriba y se hace puré la rodilla. Menos mal.)

Coooorre al hospital, allí espeeeeera más de una hooooora a que le atiendan, le cosen (en dos planos: la herida era honda y abierta que daba impresión verla), le curan, le prescriben antibiótico y a casa. Seis días más tarde, la herida va mal: al hospital y allí estamos.

Tomé fotos de la arqueta ayer, pasada una semana y la riada. Fue cuando comprobé que las tapas verdes se las había llevado todas el agua, ergo estaban todas sueltas, y que mi crío había tenido la mala pata, nunca mejor dicho, de ir a pisar la que, debajo, estaba rota.

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Les pongo una imagen más de cerca. Lo marrón de enmedio es la huella que dejó la rodilla de mi chico:

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Si se fijan, verán que a la derecha de la huella de barro, hay una pieza saliente: esa fue la que le hizo la faena.

Si hubiera estado entera, como la de la imagen siguiente (sin tapa, arrastrada por el agua), el chico se habría dao un tozolón, pero no se habría hecho la faena que se hizo, ni estaríamos ahora en el hospital agarraícos al gotero de antibiótico, que esperemos que sea eficaz.

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El caso es que la susodicha arqueta “de mi chico” está al ladito de las “Pantallas espectrales” de Sinaga. Y que por allí hay otras varias muy cercanas. Así que ándense con cuidadico si quieren ver los maravillosos reflejos “siempre llenos de destellos y creando superficies inquietantes y magnéticas” de las susodichas pantallas, porque miren cómo pueden acabar. Y eso que “el paisaje circundante, el césped y los colores” fueron cuidadosamente elegidos por el propio artista, que anduvo por allí para cerciorarse de la idoneidad del lugar “durante varios meses y a lo largo de numerosas visitas”, porque “el lugar elegido había de ser un factor determinante en la conceptualización y formalización de la obra”, dado que el artista “se propuso fijar en su inestabilidad” los “límites inciertos y fugaces de una paisaje cambiante” por “la proximidad del río”.

Bien, pues ha de saber el señor Sinaga que el Ayuntamiento, a quien “corresponde la responsabilidad de mantener en condiciones adecuadas” su obra, se ha olvidado de lo determinante que era el lugar elegido y el entorno de la misma, porque ni tan siquiera se ocupa de poner un tornillico a la tapa de las arquetas que salpican, e insisto porque me jode, ese maravilloso e importantísimo entorno convertido en un maravilloso e importantísimo parque de la ciudad. Y tampoco de que las arquetas rotas se repongan: alguien puso la tapica verde sobre la arqueta rota, sin tornillo, y se fue a fumarse un puro.

–Oiga, que esto es un parque y por aquí vienen muchos niños…

–Que se jodan.

Y no me vengan con la excusa de los recortes, que soy una madre cabreada y no estoy pa tontadicas. Y los tornillos vienen con la arqueta; o, en su defecto, valen unos céntimos en cualquier ferretería. No me planteo ir a denunciar y pedir perras, aunque quizá debería; solo pido que hagan el favor de poner esas putas tapicas bien sujetas pa que no se caiga otro, que en Urgencias también están de recortes.

De momento, y por si acaso, si van ustedes por allí miren bien el suelo, tengan cuidado por dónde pisan, y no se les ocurra detenerse mientras caminan despreocupadamente en observar con deleite los tonos fucsias, amarillos, azules o verdes llenos de destellos y creando superficies inquietantes y magnéticas de la obra de Sinaga, háganme caso.

Quinito, espero que esta noche duermas bien. Cuida no se te enrede la gomica del gotero. Mañana por la mañana voy a relevar a papá en cuanto deje a Julia en el cole. Y a eso de las diez, cuando venga la enfermera a curarte la herida, espero que vaya mejor y la infección vaya para desapareciendo, que creemos que a eso tiende. A mí ya se me va pasando el miedo. Y tú te estás portando como un jabato, tío: eres el mejor. A ver si nos mandan pronto a casa, cielo.

ACTUALIZACIÓN, VIERNES 1 FEB.: Me dice un angelico de la guarda que ya están las arquetas repuestas y atornilladas… ¡Bien! Ya pueden mirar la instalación de Sinaga, pues.

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Alberto Menjón, en el Heraldo de hoy

Estupenda entrevista que le ha hecho el gran Mariano García. Y la foto, de José Miguel Marco, también es bien bonita. ¡Ole y ole!

No olvidarse: hoy, miércoles 24 de octubre, a las 19:30, en el salón de la Diputación de Huesca (Porches de Galicia) y mañana en el salón de actos de la CAI en el Paseo Independencia, a la misma hora. ¡Enhora buena, Albertoooo!

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Para la vida real

Veo a mi chica (7 años) jugar un rato a “Animal crossing” en la Nintendo. Pasa un nivel, o lo que sea eso, y como resultado ha obtenido nueve melocotones, dos bellotas, una flor y cuatro muebles. Acto seguido, lo lleva todo a una tienda y se lo tasan en 2.390 bayas. Ella vende todo. “Anda, ¿lo vas a vender todo?”, le digo yo. “¿No te quedas nada, ni la flor siquiera?”. “No”, me dice; “es que tengo que pagar la hipoteca. Bueno, las hipotecas: una por arreglar el salón, y otra por comprarme el segundo piso. Es que solo tenía un piso, ¿sabes?” Flipo mientras la veo que va a otra especie de tienda donde le dicen que su hipoteca asciende a ¡96.000 y pico bayas! Entrega lo que le han dado, íntegramente, y le dicen: “¡Enhorabuena, ahora solo  te faltan 93.000 y pico bayas!”. Me ha dado un vahído, qué quieren que les diga. Cuando me decía que estaba jugando a “Animal crossing” me imaginaba yo carreras de gatitos por el monte, infeliz de mí.

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Dineral en libros para el cole

El otro día recogí los libros de mis hijos para el nuevo curso. Los dos están en Primaria y van a un colegio público: el mayor empezará 5º y la pequeña 2º. De la lista de material complementario (lápices, colores, tijeras, pegamento, reglas…) no cogí más que los cuadernos, porque de lo demás tenemos abundante y aprovechable, así que ahí ahorramos un poco (o no tan poco, que cada puñetero boli borrable, por ejemplo, vale una pasta). En total, pagué 270 euros.

Salí de la librería abanicándome. Y eso que me habían hecho un 15% de descuento, que si no habrían sido 320 o por ahí. Y hay que tener en cuenta que para mi crío mayor no tuve que comprar más que cuatro tontadicas, porque los libros-libros los da el cole, que los reaprovecha del año pasado… Vaya, que los llego a tener que comprar todos y me atizan casi los 500, fijo. Y no  te digo nada si añadimos diccionarios, que este año necesitaríamos de lengua, de inglés y de francés, pero afortunadamente también hay en casa unos cuantos.

Una amiga que tiene dos hijos de la misma edad que los míos, y que van a un cole también público muy cercano al nuestro, pagó los correspondientes 300 y pico porque compró lapiceros y colores, y tal (aunque no diccionarios). En la misma librería, así que el descuento era el mismo. Lo digo porque veo que de un colegio a otro la cosa se lleva poco: puedo servir de media, unos cuantos euros arriba o abajo.

Así que me acuerdo a cada rato de esta noticia que publicó hace unos días el Heraldo (que la vuelta al cole iba a ser este año un 40% más cara), y de lo que comentaba en ella la portavoz de la FAPAR, ofreciendo “consejos de ahorro”. Mira, esta vez no me voy a meter con el Heraldo, para variar, sino con esos consejos que ofrecía la FAPAR: se recomendaba “ser racional en el gasto”. “No hay por qué renovar el material cada año, hay que llevar a cabo un consumo responsable y reutilizar lo que ya se tiene y está en buen estado”. Explicaba la portavoz:

“las diferentes subidas afectarán en función de lo que se incluya en las compras de principio de curso y en la racionalización del gasto por parte de las familias”.

O sea, que no compráramos mochilas ni estuches, ni compráramos nada que no fueran libros y material escolar. Tampoco ropa: “A los niños se les viste todo el año”, decía. Ya, digo yo; y dentro de nada tendré que comprar chándales. Y mis cuñadas me pasan mucha ropa, ¿eh? Pero chándales ni uno: normal, mis sobrinos dejan los chándales en el mismo estado que mis hijos, o sea, hechos papilla.

De modo que, aun sin contar con ropa ni material ni mochilas ni estuches ni ná, 270 euros de nada. Casi 50.000 pesetas en libros para dos niños, contando con que a uno se los dan.

Me parecen consejos pobres los de FAPAR, la verdad. Yo habría ido un poco a la yugular, a un factor que sí encarece la “vuelta al cole”, en vez de acudir a eso de “la racionalización del gasto por parte de las familias”, que parece que los padres nos volvemos locos comprando bobadas; que no digo que no haya casos, pero será el que pueda. Y de lo que se trata aquí es de buscar soluciones para la gente que no puede. Lo que pasa es que hay que meterse con las grandes editoriales y con la implicación de los centros. Veamos.

Lo normal, in illo tempore, era que los críos llevaran cada curso los libros de las principales asignaturas, que siguen siendo cuatro como cuando yo era pequeña aunque se llaman distinto: Mates, Lengua, Cono e Inglés. Para Religión llevábamos el catecismo, para Plástica un cuaderno de dibujo, y para Música una flauta (sí, yo ya soy de la generación emisora de pitidos chirriantes con una Hohner). Por lo demás, un cuaderno por asignatura. Prou.

Pero una editorial es una empresa y su objetivo es ganar dinero. De siempre ha habido fichas, pero cuando la Administración asumió la compra de los libros, idearon la edición de “cuadernillos”, tres para cada asignatura (uno por trimestre), donde iban los ejercicios, porque así los niños no tenían que escribir en los libros y éstos se podían reaprovechar. Los libros, no obstante, seguían trayendo ejercicios con sus correspondientes huecos que rellenar (ole, espacio perdido), de forma que los críos acababan trayendo a casa ejercicios de los libros que tenían que hacer en sus cuadernos, y ejercicios de los cuadernillos que se rellenaban en el propio cuadernillo. Un lío y un rollazo. Lo de que, además, la mitad de ellos fueran verdaderas chorradas lo vamos a dejar pasar.

El caso es que ahora la Administración ya no se hace cargo de los libros y los tenemos que comprar las familias. Bien, pues sobran los cuadernillos: y los ejercicios, que vengan en los libros simplemente enunciados, sin espacio para rellenar, y que los críos los hagan en sus cuadernos. Así, los libros se podrán reaprovechar para otros cursos… aunque para esto se tienen que implicar los coles o, en su defecto, las APAs.

De modo que pido a la FAPAR, y a las demás federaciones de padres de alumnos, que sean más exigentes en sus consejos de ahorro: no solo debemos ahorrar las familias, que hacemos el pino con nuestros presupuestos, sino que se deben exigir también medidas prácticas a las editoriales y a los coles.

–Que los profes se comprometan a no cambiar los libros a cada rato.

–Y que no pidan cuadernillos.

–Que las editoriales pongan los ejercicios, si los proponen (que eso también lo podrían hacer los maestros), en los propios libros, pero sin dejar hueco para rellenarlos.

–Que algunas asignaturas (plástica, religión, alternativa, música…) se den, simplemente, sin libro.

–Y que los coles y/o las APAs se remanguen y recojan los libros al final de cada curso, para volver a repartirlos al curso siguiente.

De tanto en tanto nos tocará comprar, pero no todos los años, ni tantos libros y libritos y extras de todo color. Y ninguna de estas medidas rebajará ni un ápice la calidad de la enseñanza… pero los padres lo notaremos, vaya que sí.

ACTUALIZACIÓN: Esto sí es una buena iniciativa, ¡muy bien!

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No noticia

Por mucho que sea verano y recurramos al consabido “algo hay que contar puesto que no hay noticias” (lo que, por otra parte, no es cierto), hay cosas que no se puede permitir el periodismo mínimamente serio. Y un ejemplo viene hoy en el Heraldo (ya, ya sé que me meto siempre con el Heraldo, pero es que vivo en Zaragoza; no me voy a meter con el Diario de Cádiz).

La perla es ésta:

Bueno, no es solo que no sea una noticia: es que se trata simplemente de poner un titular borde para inzurizar, para provocar a la gente, para hacer que el personal se indigne y eche espumarajos (cosa que se consigue, vistos los comentarios). Pero para que se indigne, además, solo la gente que pasa y mira de refilón; porque si uno se lee la noticia, resulta que la cosa es de lo más normal. Es, pues, la táctica que lleva años utilizando El Mundo, por ejemplo, que te lees una noticia (si es que tienes el cuajo de leer El Mundo, claro) y resulta que el meollo de lo que se cuenta es bastante más suave, cuando no directamente contrario, a lo que afirma el titular. Eso sí, el titular es provocativo, que es de lo que se trata.

Vayamos al asunto concreto de hoy: resulta que hay trece fundaciones que entraron en los presupuestos de la Comunidad de Aragón de 2012 con dotaciones varias que, en conjunto, ascienden a 22 millones de euros. ¡Qué barbaridad, qué dineral ‘se come’ esta gente!

Bien, pues veamos. Más de la mitad (11,7 millones) se destinan a una sola de esas fundaciones, el Centro de Estudios de Física del Cosmos de Aragón, que tiene que montar nada más y nada menos que un observatorio astrofísico. Teniendo en cuenta que, por un poner, el Pabellón Puente (un cacharro que no sirve para nada y que, en fin, podremos darnos con un canto en los dientes si no causa problemas en la próxima crecida del Ebro) costó más de 88 millones de euros, la cifra para esta fundación no me parece desorbitada.

Luego va y hay otra “mordida” gorda (4 millones) para la “Fundación Zaragoza Logistics Center“, que tiene un convenio con el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y la Universidad de Zaragoza, y trabaja para ser un centro de excelencia en logística, que es lo que trata de ser Zaragoza, creo. Para ser el proyecto clave del futuro de la capital de Aragón, tampoco me parece excesivo.

Luego hay 3,8 millones más para dos fundaciones de investigación científica puntera: la Agencia Aragonesa para I+D y el Parque Científico-Tecnológico de Aula Dei. ¿Es mucho lo que se les da? Bien, ¿les dejamos investigar o no?

Vale, pues ya llevamos, sumando lo dicho, 19,5 millones de euros. En cuatro fundaciones que, en fin, yo diría que no se gastan el dinero en chifletes, o no deberían hacerlo. Nos quedan 2,5 millones que se reparten entre una fundación que estudia la osteoporosis en los niños, otra dedicada a la observación de la Tierra (que, por cierto, estos días va dando información detallada sobre la extensión del incendio del Moncayo), la que sostiene Dinópolis, la que estudia a Goya, dos que mantienen una importante colección bibliográfica y una colección de arte… y que reciben, algunas, de 18 a 20.000 euros. La de la osteoporosis infantil, por ejemplo, recibe 124.000. ¿Es mucho?

En los comentarios a la “noticia” había alguno que otro que decía que pa qué queremos en Aragón gastanos semajante perrada en mirar al cielo, por ejemplo. Que inventen otros, vaya. Pos nada, le contestaría yo: que estudien la osteoporosis en Alemania y que traten a los enfermos solo allí. ¿No inventan ellos?

Pero estoy entrando en el juego: no se trata de ir a saco con la noticia. Se trata de que no hay noticia. El boletín oficial del que está sacada la información es de febrero de 2012: ¿hasta agosto no se lo han leído? Joer. Pero el asunto es que, una vez que han decidido leérselo, ¿no había nada mejor que contar?

Porque yo veo varias cosas interesantes. Por ejemplo, que solo la Ciudad del Motor ‘se come’ 28 millones (una sola cosa, no trece, tiene adjudicada bastante más pasta que todas las fundaciones “noticiables” juntas; y no es para investigación); que Expo Zaragoza Empresarial tiene destinados 115 millones (¿para hacer qué?); que hay 42,5 millones consignados en traspasos a administracion comarcal, única y exclusivamente para personal; y que una cosa que se llama Corporación Empresarial Pública de Aragón se beneficia de nada menos que 24 millones. Esto último es llamativo si se tiene en cuenta que los objetivos de la susodicha corporación son la coordinación, seguimiento, apoyo, planteamiento de directrices comunes, etc., de las empresas públicas de la Comunidad Autónoma… que, por supuesto, tienen sus propias dotaciones presupuestarias asignadas con el dinerico público, en partidas a veces muchimillonarias (más de 532 millones en total).

Por no hablar de la CARTV (tele y radio aragonesa). Que no me parece mal que exista ni que tenga un presupuesto potable, vaya eso por delante (aunque no para emitir jotas casi todo el rato). Pero que se lleva tres partidas de dineros diferenciadas: a la propia Corporación Aragonesa de Radio y Televisión van casi 54 millones de euros; pero luego, aparte, figuran 8,7 millones más para la radio autonómica y 86,2 para la tele autonómica. En total, casi 149 millones de euros. (Que ojalá fueran para financiar programas de la misma calidad que Oregón Televisión.)

¿El periodista (o quien le manda) se habría sentido cómodo titulando algo así como ”La Corporación Aragonesa de Radio y Televisión ‘se chupa’ casi 149 millones de euros del presupuesto de los aragoneses“? ¿O algo del tipo “Solo para hacer de promotora inmobiliaria la DGA destina una partida de 66 millones” (que es lo que se asigna a la Sociedad Suelo y Vivienda de Aragón)? Porque podría haberlo hecho perfectamente… ¿o es que en esos casos se habría preferido usar el verbo “invertir”? Porque está claro que en algunas cosas “se invierte”, en otras “se gasta” y a veces los destinatarios “se comen” el presupuesto. ¿De qué depende la elección de un verbo u otro?

Por último, dos precisiones: una, que las fundaciones a las que se refiere la ‘noticia’ no son “de todo orden y condición, además de numerosas”, porque son trece y principalmente científicas o de apoyo al desarrollo; y otra, que yo no tengo nada que ver con ninguna de ellas ni tampoco nadie próximo a mí, que yo sepa. Lo que me revienta es que se desista del periodismo: los ciudadanos lo necesitamos, su papel es muy importante… y se lo están cargando. Pedazo de irresponsables.

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Inde-ntidad

Hay en la Aljafería, hasta octubre, una exposición de documentos que tienen que ver con la tradición pactista aragonesa, tan arraigada históricamente en esta tierra que se identifica como una de nuestras señas de identidad. De hecho, es así como se titula la exposición:

Pasé por allí el otro día y cogí un folleto. A la vista no se nota, pero al tacto enseguida te das cuenta de que ese pegote mal resuelto que hay debajo de donde pone “El pacto” es una pegatina. Abres el folleto y nuevamente, bajo las dos primeras palabras del título, pegatina al canto:

Se te despierta la curiosidad, claro: ¿qué pondría en el original? Hala, a darle a la uña con cuidado para despegarla. Y he aquí lo que ponía:

Juro que yo no he tenido nada que ver con esto, ni estuve de palique con el maquetador mientras componía el folleto, ni nada, jejejeje…

(Por cierto, el folleto es anónimo. Se indica quién es el diseñador gráfico y cuál la imprenta, pero no se dice nada del autor del texto. Con las menciones a la autoría de las fotos se suele ser muy cuidadoso, pero con las de los textos cada vez hay más dejadez. Me parece feo.)

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Francisco Carrasquer y el día de las alabanzas

Qué días de luto y tristeza. Este blog va a acabar pareciendo la sección de necrológicas. :( ((( Todavía ando triste (y para días; ya, ya sé, dejémoslo estar) por la muerte de mi padre, y hoy me entero de que anoche murió Francisco Carrasquer. Escritor aragonés, anarquista y libertario, exiliado, poeta, profesor, intelectual válido y comprometido durante toda su vida, que ha sido larga y honesta a carta cabal. Buuuf, qué pena, de nuevo.

No quiero escribir otro panegírico. Me da rabia, especialmente con él, que le llegue el día de las alabanzas. A ver: era anarquista, no pertenecía por tanto a ningún partido, no se codeó con “la pomada” y… bueno, adivinen el resultado. No se le hizo ni la mitad de caso que a otros intelectuales que sí estuvieron en la pole position cuando llegó la circunstancia apropiada.

Vale: se le concedió el Premio de las Letras Aragonesas en el año 2006. Pero recuerdo que ya por entonces escribí un artículo que acababa así:

Su trayectoria no ha estado falta de reconocimientos, y el último, amén del citado homenaje en Tárrega, fue la concesión del Premio de las Letras Aragonesas en 2006, donde se declaró “émulo de los más grandes” y dejó patente su bonhomía, así como su natural buen humor: “Semejante galardón aprieta las clavijas de la conciencia responsable -dijo-. En lugar de dormirme en los laureles, van a ser los laureles los que no me dejen dormir”.

El galardón, que vino cuajado de abrazos, efusiones y apretones de manos, no trajo sin embargo voluntad de publicar sus obras inéditas por parte de las instituciones, a quienes habría correspondido hacerlo, como prueba del reconocimiento que entonces verbalmente se le tributó. Tengo en mi casa un ramillete de escritos inéditos y artículos publicados pero dispersos que él querría ver reunidos en un volumen. Me los ha ido mandando, aun sabedor de que ya no tengo mi antigua editorial, porque confía en que yo pueda intermediar por su publicación ante quienes pueden y deberían hacerlo. Y ése es el objeto con el que está escrito este texto que aquí va redactado.

Francisco Carrasquer es el decano de las letras aragoneses, un gran intelectual y un magnífico escritor. Le debemos algo más que palabras bonitas en los discursos.

Yo intenté que se le publicara lo que tenía inédito, que es valioso. Pero nadie me dijo “ole” y no quieran saber la rabia que me dio. En mi extinta editorial, Alcaraván, le había sacado dos libritos: Ascaso y Zaragoza. Dos pérdidas: la pérdida (2003) y Pondera… ¡que algo queda! (2007). Tuve ese placer y ese honor. Pero aquella editorial era pequeñita, podía muy poco y yo soy muy torpe moviéndome en el ámbito comercial y en el de las influencias, así que aquellos libros alcanzaron poca difusión. Carrasquer habría merecido mucho más.

Era un hombre sabio y bueno, cordial y de gran altura. Creo que el único, o casi, que entenderá lo que digo aquí es el escritor Javier Barreiro, un grande que peleó por él como nadie supo hacerlo.

Lean, por favor y con atención, la definición que Carrasquer hacía sobre lo que es un intelectual, y se darán cuenta enseguida de dos cosas: primero, de la categoría de quien lo escribía y, segundo, de la angustiosa escasez que tenemos de personas, sea cual sea la disciplina que ejerzan, que merecen el calificativo de tales:

“Un intelectual, para definirlo de prisa, es un pensador que, desde su obra de ciencia y arte, por lo común literaria, así como también a través de conferencias, artículos y entrevistas en la prensa diaria y publicaciones especializadas, reflexiona públicamente con fiera independencia sobre la actualidad política, social y cultural de la comunidad en que vive y del pasado, presente y futuro de su mundo. En el más lato sentido, el intelectual es el primer crítico del poder establecido, el promotor inteligente de acciones populares rectificadoras del mal gobierno de la nación y el calificado inspirador de una mentalidad general básica y de una opinión pública cada vez más sanas y más sabias, generadoras de una calidad de vida superior”.

Adiós, Francisco. Ojalá que el día de las alabanzas que te van a dedicar sirva –como sucede a menudo en las familias, cuando una muerte sirve para reconciliar a hermanos que no se hablaban– para que quienes se llaman intelectuales sin merecerlo se miren en tu trabajo y decidan, de una puñetera vez y por todas, mirarse a los ojos de unos a otros, bajar del mundo de las musarañas y ejercer de lo que tienen que ejercer, que se les necesita.

(Nota bene: ceso en los lutos. No vuelvo a escribir una necrológica hasta pasado al menos un año, que se me va a comer la pena y el color negro. Les juro que mañana me pongo un vestido de flores y me voy de juerga; que hasta la memoria de mis “panegiriquizados” me lo agradecerá.)

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El hombre más fuerte del mundo

Cuando cumplió los 70 años, mi padre decidió aprender a guisar, a fregar y a hacerse cargo de todo lo de la casa porque mi madre, que padecía alzheimer, ya no podía. Así que, a la edad en que la mayoría de la gente empieza más bien a dejarse estar, él se hizo un máster en independencia personal. Como correspondía al entorno y al tiempo en los que se había criado, él consideraba que todo eso era cosa de mujeres, tan exclusivamente de mujeres que nunca jamás había hecho la más mínima tarea del hogar. Es más, en la mili se tragó innumerables imaginarias por negarse a barrer. Lo suyo era trabajar, trabajar y trabajar; pero de la casa, ni miaja.

Así que todos nos quedamos a bolos vivos cuando empezó a llamar a mi marido para preguntarle cómo se hacía tal o cual guiso, cuando me pidió que le enseñara cómo se ponía la lavadora o cuando, incluso, se ponía a ayudarme a tender en mi propia casa, comentando, de pasada y con ironía: “Si me hubieran llegado a decir a mí que algún día iba yo a hacer estas cosas…”. Coño, pensaba yo; lo mismo que si me lo hubieran dicho a mí. Pero el asombro no era solo por ver semejante giro en sus planteamientos de toda la vida, sino por el hecho de que, oiga, el tío lo asumiera sin despeinarse a esa edad, cuando se supone que ya no está uno para cambios ni para demasiadas novedades.

Aquel máster le permitió, en efecto, ser perfectamente independiente desde antes de que faltara mi madre y luego, a partir del momento en que ella murió, vivir solo, sin más ayuda que la de una mujer que le iba a echar una mano con la limpieza un par de veces por semana. No solo eso, sino que, yendo un pasito más allá, era él el que nos ayudaba a nosotros en lo que podía. Su máxima: ser útil, construir, colaborar, hacer las cosas con idea y, por encima de todo, “no dar tormento”.

De su huerto seguían saliendo, como siempre, la verdura y las hortalizas más ricas del valle del Ebro; a él se debe que mis hijos, desde chiquiticos, den palmas de alegría cuando les dices que para comer hay borrajas, acelgas o judías verdes. Y si los domingos, cuando íbamos a Tauste, el yayo había hecho rancho, directamente hacían la ola. Él estaba tremendamente satisfecho de eso. Aunque siempre se había desvivido por sacar a sus hijos adelante, lo último que pretendía era que de viejo le tuviéramos que atender nosotros a él. Cuando se acercaba el fin de semana, llamaba: “¿Qué hago para comer el domingo? ¿Qué compro? Diles qué les apetece a los chicos. ¿Tienes patatas? Mira a ver si necesitas algo. ¿Te llevarás aceite?”. Su empeño era darnos apoyo él a nosotros y que nunca tuviera que ser al revés.

En diciembre dejaron de llevarle las piernas y los dolores empezaron a joderlo a base de bien, así que ya tuvo que quedarse en mi casa. En Zaragoza, donde tradicionalmente había aguantado como el agua en una cesta. Estuvo una temporada bastante pachucho, en enero le dio un infarto y todo, pero luego, pese a que le fallaba el fuelle y a que no podía salir apenas a la calle, no renunció a seguir siendo útil: pelaba patatas, limpiaba la verdura, tendía, doblaba la ropa, sujetaba el rosal que se doblaba, ponía en la pared una lamparita para leer, arreglaba nosequé que estaba flojo… Y empezó a decir, a toda hora, que se quería morir. “¿Qué hago yo aquí ya? He tenido una vida larga y buena, ya no hago falta. Nada: que me dé algo y, clas, arregladico”. Ni un gramo de dramatismo en sus palabras, ¿eh?, lo decía como el que comenta que parece que está nublo.

No fue como él quería, sin embargo. La muerte, como la vida, le ha dado mucho trabajo. Pero si el de la vida no le arredró nunca, el de la muerte tampoco. Mi padre lo asumió con dos cojones, sin desmoronarse lo más mínimo y mirándolo de frente. Físicamente le pudo, claro. En las últimas semanas se deterioraba a ojos vistas y era muy jodido. Pero su carácter estuvo ahí hasta el final. Entero, orgulloso, él. Nunca mejor dicho aquello de genio y figura. Solo se emocionaba cuando sus nietos le preguntaban: “Yayo, ¿cuándo vas a volver a casa?”.

Mi sobrino Alberto, su queridísimo nieto mayor, afirmaba de pequeño que su abuelo era el más fuerte del mundo. Y peleaba con los otros niños si se lo discutían. Cuando, en las últimas semanas, lo veíamos apagarse en el hospital, mi hermano y yo recordábamos aquello a menudo: “Ay, que le pase esto al hombre más fuerte del mundo…”. Viendo, sin embargo, su serenidad, su determinación incluso ante el aleteo próximo de la de la guadaña, nos dimos cuenta de que estaba dándonos su más auténtica demostración de fortaleza.

Babil Menjón Giménez, Babil el Esquilador, mi padre, murió en Zaragoza el 30 de julio a las nueve y media de la mañana. Lo enterramos ayer en Tauste y descansa para siempre junto a mi madre. Tenía 82 años. Aunque le habría conmovido, porque nos quería con toda su alma, nos habría echado un reniego poderoso, de los suyos, si nos hubiera visto llorar.

 

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Fijación con los libros

Ando sorprendida últimamente con la fijación que tienen por los libros los nuevos gobernantes autonómicos y provinciales del PP. Las “movidas” más llamativas que han organizado, en formato denuncia, sobre la gestión de los anteriores responsables de las instituciones correspondientes han tenido que ver, precisamente, con los libros: en octubre pasado tuvimos durante varios días una ración de noticias en Heraldo de Aragón vinculadas con la existencia de un almacén de libros en el Polígono Argualas de Zaragoza (véase aquí, por ejemplo); y ahora, desde el pasado martes, les ha dado por los catálogos de la DPZ: llevan ya tres entregas.

Yo leo pasito a paso las noticias y alucino: no acabo de entender muy bien ninguna de las dos historias. Vayamos con la primera, pongo el titular:

Y ahora apunto los datos que da la propia noticia: es un almacén de libros por el que se han pagado 850.000 € desde hace 19 años (lo que supone 3.750 € al mes) y que guarda 400.000 ejemplares de 2.760 títulos “distintos”, editados desde hace 10 años (aclaro: el almacén está arrendado desde hace 19 años pero guarda “textos fechados hace una década”). El titular, por si no se han fijado, remarca que son “libros olvidados”.

Las cifras así, dichas en global, parecen una pasada, en efecto. Pero yo sentí sonrojo al leer aquello, y no por las cifras sino porque la noticia en sí evidenciaba un desconocimiento profundo, tanto por parte de los nuevos gobernantes como por la de quienes les daban voz, de lo que es el mundo del libro, de la edición y, sobre todo, de la distribución; más especialmente, de todo eso aplicado específicamente a la edición institucional. El tono general de la noticia, para empezar, transmitía una idea de fondo: la de que el hecho de que la DGA se gastara el dinero en publicar cosas era un dispendio, un derroche inútil. Pero luego, si te molestabas en hacer un par de sencillas divisiones, resultaba que no era, ni mucho menos, para que el diario decano de la región aragonesa le ofreciera ya no un titular, sino ni siquiera en un breve en página izquierda.

Yo llevo media vida dedicada profesionalmente a los libros: a escribirlos, maquetarlos, corregirlos, editarlos, (intentar)venderlos… y sé, como cualquiera que pertenezca a ese mundillo, que lo difícil en la edición es la distribución. Es el quid de todo, la pieza clave. Si uno supiera, cuando saca un libro, cuántos ejemplares va a vender, ajustaría exactamente la tirada. Pero no lo sabe. Así que lo sobrante lo tiene que almacenar, comérselo con patatas, saldarlo o mandarlo al papelote, asumiendo en todo caso los gastos añadidos y las pérdidas. Hay casos de verdadero drama, ediciones optimistas que no se venden un pimiento. Así de veces. En la edición institucional, ni te digo: como su supervivencia no depende de si un libro se vende o no, van con más alegría, no están tan pendientes de la distribución y la venta, y sobran libros a patadas. Además, en más de un caso, y en más de un centenar, se publican memeces. Eso, en todos los organismos oficiales.

Por eso digo lo de que las cifras que se ofrecían en esa noticia, con ser abultadas porque se referían nada menos que a 19 años, no me parecen reseñables ni para un breve: 3.750 € mensuales de alquiler es lo que se paga por un localucho cualquiera en una zona céntrica de Zaragoza, así que no es extraordinario que se pague por una nave capaz de albergar cientos de miles de libros. Que le pregunten a cualquier distribuidor de libros lo que cuesta mantener sus instalaciones. Y en cuanto al número de ejemplares, que se cifra en 400.000, si se los divide por la cantidad de títulos “distintos” (disculpen que insista con las comillas: es que estaría bueno que no lo fueran; ¡ay, si mi adorado Lázaro Carreter levantara la cabeza!), pues eso, que si se dividen 400.000 ejemplares por 2.760 títulos, ¡desde hace 10 años!, sale la exigua cantidad de 145 ejemplares sobrantes de media. Y tengan en cuenta que no eran solo libros lo que se almacenaba, sino folletos, montones de folletos turísticos o de otra índole… Cualquier editor, distribuidor o librero diría aquí: ¡ole con ole y con ole! Ojalá de cada libro que se edita, y ya no digo si lo es con la alegría con la que suelen actuar las instituciones, sino con el cuidadín con el que se tientan la ropa las editoriales privadas, sobraran solo 145 ejemplares. Con un canto en los dientes nos dábamos, oiga.

Hay más cosas chocantes de esa “noticia”: una, que el periodista se siente en la necesidad de informar al respetable de que al gasto en alquiler del almacén “hay que sumar lo que se gasta en editar estos materiales cada año”. No te fastidia: pues claro. ¿Autores, ilustradores y fotógrafos, editores, imprentas y transportistas no cobran, o qué? ¿Por qué se conceptúa el dinero necesario para editar libros como “gasto” y no como “inversión”? Caramba, me gustaría saberlo… Les pido que reparen, a partir de ahora, en la cantidad de veces que a cualquier cosa, a veces incluso dañina, la llaman “inversión” en nuestra Comunidad. Alucinarán. Para empezar, por ejemplo (y pueden llamarme puñetera con toda razón), supongo que no hará falta que les diga que los dineros que se destinan a la publicidad institucional en los medios suponen un pastón al año. ¿Qué beneficio nos reporta a los ciudadanos una publicidad “costeada con el dinero de los contribuyentes” (como dice el Heraldo que pasa con las publicaciones de la DGA, para que nos duela y nos soliviantemos)? ¿Esa publicidad en los medios es un “gasto” o una “inversión”? Me gustaría que alguien diera las cifras exactas; pero, ah, señores, eso… no es noticia. Ni que fuera sumando el monto total de, pongamos, 19 años.

Bien, estamos con que lo de los libros es un gasto. Los libros que publican las instituciones, sin parar mientes de lo que sean ni de lo que no (y aun reconociendo que hay mierdas del tamaño de la pirámide de Gizeh), son completamente prescindibles, a tenor de lo que continúa diciendo la misma noticia del Heraldo:

Solo con la suma acumulada durante las casi dos décadas de contrato de arrendamiento podrían haberse creado, por ejemplo, tres escuelas rurales como la que se estrenó este año en la localidad oscense de Ontiñena (ha costado unos 300.000 euros), o haber invertido en la ampliación de dos campos de fútbol como el previsto en el municipio zaragozano de San Mateo de Gállego, entre otros proyectos.

¡Por Dios, cómo se puede “gastar” en libros cuando se puede “invertir” en ampliar dos campos de fútbol como el de San Mateo de Gállego! ¡Esto es un sindiós! ¿Pero es que estamos tontos, o qué? ¡Viva er fúrbol, manque anarfabeto! Y lo de las tres escuelas rurales como las de Ontiñena se podría solucionar también con unas cuantas partidas destinadas a la publi institucional en el Heraldo y otros medios, digo, ¿o no? Yo es que ya me estoy imaginando los titulares…

En fin. Me viene a la cabeza ahora lo que les decía Francisca Castillo, la mujer de Emilio Garcés, de Jánovas, a los del pueblo de al lado que venían a joderles como asalariados de Iberduero: “¡Que vosotros sois obreros! ¡Que sois mis vecinos! ¿Cómo os prestáis a esto?”. A los mandamases del periódico les diría cosas peores, sí. Pero me limito a lo esencial: recordarles la importancia que tienen los medios de comunicación, que me parece (y no soy la única, ni mucho menos) que su responsabilidad se les ha olvidado, y luego echaremos la culpa de los cierres y los eres a las redes sociales.

O sea, y resumiendo: la “noticia” cuenta que la DGA necesita un almacén para guardar sus publicaciones, y que paga por ello 3.750€ mensuales. Y que dentro, resulta que hay libros que no se han vendido: 145 ejemplares por título publicado, de media. El premio Pulitzer de periodismo les van a dar a los del Heraldo, seguro. Y el premio al Ignorante Editorial más preclaro del año, al lumbreras del gobierno autonómico actual que se creyó que descubría el gran pufo sacando estos datos, y que lo único que puso en evidencia fue su incapacidad para hacerse cargo de nada que tenga que ver con la edición… ni aunque fuera la de la hoja parroquial de su barrio. Con este desatino, demuestran claramente que desconocen el sector de cabo a rabo.

[Me ha salido muy largo el post, incluso tomando de media mis consabidos "post-tocho". Lo de los catálogos de la DPZ, que era en realidad el tema que me había impulsado a escribir, lo dejo para mañana. Seguiré desde el hospital, que me toca turno de cuidado de papi. Buenas noches...]

 

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Saber cuentas y conducir una maquína

Ayer me llamó una familiar para interesarse por mi padre, que sigue en el hospital. Como vive fuera apenas nos vemos, así que aprovechamos para repasar el estado de toda la familia, qué tal los chicos, bien, y todo eso. Llegamos a mi situación laboral: “¿Cómo vas, tienes trabajo?”. “Pues bueno, justo en este momento no, se me acabó el contrato el sábado pasado, pero ya voy teniendo alguna cosa apalabrada para septiembre-octubre…”. “Hija, tú toda la vida igual. Vale que estudiaras aquella carrera si te gustaba, por hobby, pero después tenías que haber hecho otra que te diera trabajo”.

Jopé, no me esperaba yo planchazos de estos a estas alturas, a mis años. Cierto que hay veces que me desespero y hasta yo misma pienso en cambiar de oficio, aunque sea a estas alturas y a mis años. Pero hay una diferencia entre que yo no haya tenido suerte o no haya sabido “colocarme” o “garantizarme un futuro”, y que la carrera que yo estudié no sea más que un hobby.

Yo estudié Geografía e Historia, especialidad en Historia del Arte. Pero eso a mi prima, la familiar que telefoneaba, creo que le da igual: lo que ella cuestiona, como mucha otra gente, es la validez y utilidad de las carreras de Letras, las Humanidades. ¿Eso para qué sirve? La Historia, la Literatura, la Filosofía, el Arte… ¿dan de comer?, ¿aportan algo?

Pues sí, sí señores: aportan muchas cosas. Alguien tiene que enseñar Geografía a los chavales más allá de reconocer el contorno de la Península Ibérica, que es a lo que alcanzan en Primaria; alguien tiene que contar la Historia para que entendamos el porqué de las cosas; alguien tiene que distinguir un soneto de un romance y saber apreciar la calidad literaria; alguien tiene que desentrañar los documentos antiguos para que otros más listos no nos la metan doblada; alguien tiene que saber valorar el Patrimonio para que no vengan los especuladores a cargárselo, porque es nuestro y hay que defenderlo… Alguien tiene que poner al servicio de la sociedad la capacidad crítica y las herramientas que la desarrollan para evitar que nos avasallen engatusándonos de cualquier manera.

¿Todo lo que he dicho no es suficiente? ¿Podemos prescindir de ello? Bien, pues entonces tendré que darle una vez más (y una vez más, me jode) la razón a mi padre, que siempre ha dicho: “Hija mía, los ricos no quieren que el pobre estudie. Que sepa cuentas sí, y conducir una maquína; pero nada más. No les conviene”.

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