Sijena, el chiringuito, las sobras, las cucharillas y la tesis (II)

De lo que escribió Carmen Berlabé en su post del día 20 en Facebook, hay cosas con las que no me meto, aunque no las comparta, porque son opiniones debatibles desde la razón. Ella da su opinión, la argumenta, ya está. Por ejemplo, cuando afirma que la declaración de Sijena como Monumento Nacional en 1923 no fue instada para salvaguardar su patrimonio artístico y que no se siguiera vendiendo, sino para “obtener recursos para las reparaciones que se estimaran necesarias”. Yo no lo veo así, porque el hecho es que las ventas de patrimonio se frenaron. Hubo una excepción, señalada en el anterior post, pero la sangría de ventas de piezas importantísimas que se había producido hasta entonces se cortó, y la Junta de Museos de Barcelona, que estaba tratando por entonces de comprar las pinturas murales y la techumbre de la Sala Capitular, dejó de insistir en su empeño.

Lo que, desde luego, no es cierto es que las ventas anteriores a 1923 fueran “todas ellas de poca monta”. Vaya que no. Antes de esa fecha (en 1918) se habían vendido a la Junta de Museos de Barcelona nada menos que el retablo de la Virgen de Sijena, también llamado “del Comendador”, pieza importantísima del arte gótico, que se expone en el MNAC como una de las joyas de su colección. La noticia de su compra fue difundida con alborozo por la prensa, que señaló su carácter de obra excepcional. La nota difundida por la Junta de Museos decía:

La adquisición principal es el precioso retablo catalán de Santa Ma­ría, procedente del Monasterio de Sigena, en el Obispado de Lérida, y las tres tablas de la misma procedencia.

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También discute Berlabé que la declaración de Sijena como Monumento, y por tanto su protección legal, incluyera el patrimonio artístico mueble. Yo he rebatido esa opinión ya varias veces porque creo que no se sostiene, pero vaya, cada uno da sus argumentos y ya está.

Hay cosas, sin embargo, que no son argumentos sino recursos que vamos a llamar “raros”. Les transcribo, por ejemplo, una parte de su texto (traducida al castellano):

Es muy discutible que la declaración incluyera los bienes muebles del monasterio, que la sentencia considera inmuebles y partes integrantes e inseparables del edificio […]. Yo no tengo nada claro que el lote de bienes entregados recientemente al monasterio, los que fueron vendidos en los años 1992 y 1994 a la Generalitat y al MNAC, integrado básicamente por palmatorias, tenedores, cucharas, relicarios, tapas de sopera, platos y otra vajilla, libros y pergaminos, además de algunos objetos textiles, tengan la consideración de inmuebles, ni que formen parte consustancial del edificio y de su embellecimiento. En todo caso, serían bienes muebles y consideramos, tal como se ha comentado antes, que estos bienes muebles no estaban contemplados en la declaración de monumento nacional.

Bueno, esto es divertido. Resulta que nos hemos partido el cobre, unos y otros, por un lote de cucharas, tenedores, vajilla, palmatorias y tapas de sopera. ¡Seremos tontos, oiga! Igual de tontos que fueron la GenCat y el MNAC, que pagaron cuarenta millones de pesetas por ese montón de tarros.

Estaría bien señalar, me parece, dos cosas. Una es el hecho de que, como ella misma dice, eran LOTES de objetos, es decir, que iban los más valiosos y los menos en un mismo conjunto cuando fueron vendidos. Si querías unos, habías de quedarte también con los otros. Y otra, que en ese lote había, como parte principal y más interesante, varios fragmentos de pinturas murales al fresco, unas románicas, otras góticas y otras del siglo XVI; unas puertas policromadas datadas en el siglo XIII, las del Palacio Prioral; y algún fragmento de urna funeraria de piedra, del XIV, tallada.

venta bienes 1992

 

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venta bienes 92 anexo derecho compra

Fue eso lo que se quería comprar, lo que se pagó, lo que principalmente interesaba desde el punto de vista de su valor artístico. Es cierto, como dice Berlabé, que las palmatorias y las cucharas o las tapas de sopera no pueden considerarse bienes inmuebles. Pero resulta que van en un lote con varias pinturas murales y con las puertas románicas del Palacio Prioral. Y eso sí es consustancial al edificio, sí forma parte de él. Como ella misma dice: “Una cosa es interpretar y otra, bien diferente, tergiversar”. O callar lo que no interesa. Podemos debatir acerca de si los libros de coro o los pergaminos podían estar protegidos por ley o no, ser considerados así o asá; pero no plantear los hechos como usted lo hace, porque obvia lo fundamental.

Sigo con su texto. Afirma que “no interesa a la parte aragonesa que [estos bienes] sean muebles porque, para serlo, hace falta que se haya declarado así expresamente”, tal como, dice, reconoce la sentencia de julio de 2016 (que es la de la reclamación de las pinturas de la Sala Capitular). “Yo no he leído ninguna mención expresa en la declaración de monumento nacional a estos bienes muebles”, sigue diciendo Berlabé, “y por eso se entiende que interese convertir cucharillas, libros y vajilla variada en bienes inmuebles”.

Señora Berlabé, tiene usted que fijarse en las fechas: la declaración de Sijena se produjo en 1923 y la ley que usted trae a colación para los bienes muebles es de 1985. ¿Le ha pasado desapercibido ese detalle? Sin embargo, en 1923 estaba vigente un ordenamiento legal que decía lo siguiente:

real decr 1923     real decr 1923 2

Terminaremos con una cita más, muy sabrosa para comentar pero que no le hacía falta para defender su postura, por ofensiva.

Creo que la gente de Aragón no habría de estructurar su identidad en las sobras de los catalanes [en el original, “restes de taula”; también podría traducirse como ‘migajas’]. Creo también que se merecen algo más que hacer bandera y bastión de arrancarnos cuatro cucharillas y, en el mejor de los casos, alguna pintura medieval.

Sra. Berlabé, lo que estamos haciendo es tratar de recuperar un lugar emblemático de nuestra historia, de devolverle una parte de su pasado esplendor, de restituir lo que le perteneció y fue enajenado ilegalmente. No rebañamos las sobras de nadie ni esta historia va de arrancarles a ustedes las cucharillas. Si consideran “sobras” o “migajas” ese patrimonio, no sé por qué ese empeño en retenerlo, ahí guardado bien oculto en las reservas, sin enseñárselo a nadie. Si así es como valoran esas obras, van a tener razón los que piden que vaya inmediatamente la policía a buscarlas. Y, más, no creo que sea muy apropiado que hable de construir identidades una de las principales responsables de un museo que, si prescindiera de las obras de procedencia aragonesa, se quedaría temblando. Cuestión que, me parece, es en el fondo su única preocupación.

Como usted misma dice, “Es fácil descalificar sin argumentos y, además, siempre habrá cerca ‘palmeros’ que aplaudirán la gesta y el gesto de ir contra Cataluña”. Convertir todo lo que les molesta o no les gusta en “ir contra Cataluña” es lo que están haciendo ustedes desde el Museu de Lleida, creo yo que con bastante irresponsabilidad. Eso sí, reconozco que es comodísimo. Y que, a juzgar por lo que se puede leer en las redes y en la prensa, y a veces hasta en los políticos, les da resultado.

A mí, señora mía, me produce auténtica vergüenza.

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Sijena, el chiringuito, las sobras, las cucharillas y la tesis (I)

Carmen Berlabé, conservadora del Museu de Lleida, lleva unos días “a vueltas con Sijena” en Facebook. En su última entrega, del día 20 de agosto, escribe, dice,

porque en otra red social se me ha acusado de inventarme ventas de objetos artísticos y entiendo también que de inventarme la correspondiente documentación.

Y añade que en su tesis doctoral

documento y publico una venta de objetos artísticos del monasterio de Sijena con todos los permisos, que tiene lugar el año 1925; es evidente que esta venta no interesa lo más mínimo, y por eso estas voces dicen que me la he inventado (insisto, la venta y por lo que parece, la documentación), porque les desmonto el ‘chiringuito’ de la prohibición de vender después de la declaración de monumento nacional.

Yo no sé a qué voces se refiere la Sra. Berlabé, pero la que le acusó de inventarse cosas fui yo. Acusación que mantengo.

Quien habló por primera vez de esa venta fue su compañero de trabajo, Albert Velasco, en Twitter, con la siguiente argumentación (traduzco del catalán y pongo debajo el pantallazo de los tuits, que deben leerse de abajo arriba):

Sobre Sijena, el argumento más importante de la jueza de Huesca es la declaración como Monumento Nacional en 1923 que, según ella, afecta a edificio y bienes. La jueza dice que la declaración de 1923 hizo que las monjas dejaran de vender, ya que los bienes estaban protegidos. Eso es FALSO. En 1925 se documentan más ventas de obras autorizadas por el Ministerio de Gracia y Justicia, el competente en este asunto.

Estas ventas están perfectamente documentadas y acreditadas en la tesis de Carmen Berlabé, así como la autorización del Ministerio. Si el Ministerio autorizaba estas ventas, eso quiere decir que los bienes no formaban parte de la declaración de Monumento Nacional de 1923. Todo esto tira por tierra la argumentación de la jueza de Huesca, que en la sentencia considera bienes y edificio integrantes de una misma unidad.

argumentos de velasco en twitter

Seguidamente, empleó la misma argumentación en un “hilo” de tuits que cruzó con APUDEPA, en el que afirma que esas ventas de 1925 ponen en entredicho los argumentos de la sentencia, que las autorizaciones del Ministerio de Gracia y Justicia y del Ministerio de Bellas Artes (ahora son dos) son clave y que la sentencia no las menciona; y que si dos ministerios autorizaron las ventas en 1925, quiere decir que no consideraban los bienes muebles como parte de la declaración de 1923. Para acreditar la existencia de esas ventas, remite nuevamente a la tesis de Berlabé, indicando el volumen y páginas donde consta la documentación al respecto, y ofreciendo el enlace a dicha tesis, que está en la red.

APUDEPA le responde muy bien, haciéndole ver dos cuestiones fundamentales: que los bienes declarados no es que no se pudieran vender, sino que para venderse necesitaban autorización administrativa; y que en la documentación que aporta Berlabé no se muestra que se produjeran ventas ni autorizaciones, sino que solo quedaba documentado el intento.

Pongo los pantallazos correspondientes:

1

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Habrán reparado ustedes en que se nombran varias veces esas autorizaciones que se dieron por un ministerio o dos para efectuar las susodichas ventas. Pues se queda uno a bolos cuando termina de leer ese hilo y ve lo siguiente:

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“Imagino” que las autorizaciones estarán. No sé ustedes, pero yo me quedé de piedra. Unas autorizaciones que “son la clave de todo”, que “ponen en entredicho los argumentos de la sentencia”, que “tiran por tierra la argumentación de la jueza de Huesca”… y que imagina que deben de estar en algún archivo o que las debieron de recibir directamente las monjas. O sea, que no están.

Como es natural, acudí a consultar la tesis de Berlabé, vol. III, pp. 646-683. Y me encontré con que, efectivamente, lo que se documenta ahí es un intento de venta por parte de las monjas, que no se había efectuado aún en mayo de 1926, y ni rastro de autorizaciones; que se pidieron, sí, pero que no sabemos si se llegaron a dar. En 1926, desde luego, no se tenían aún. La misma autora afirma (p. 646) que “parece que los objetos se pudieron vender”, no que la venta se efectuase.

Lo que se documenta es que las monjas trataron de vender a un anticuario, Mariano Otal, cinco objetos que tenían depositados en el Museo de Zaragoza (una arqueta de hueso y madera del siglo XVI, unos candelabros de madera, una capa pluvial de tela, un frontal de tela y un cuadro de Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes, del siglo XVI). Que pidieron permiso al obispo para ello en octubre de 1925. Que pidieron también autorización a Madrid, que vino denegada, ese mismo mes. Que la volvieron a pedir al Ministerio de Instrucción y Bellas Artes en noviembre. Que del Ministerio devolvieron la solicitud en diciembre señalando que había que cumplir determinados requisitos legales. Que lo mismo contestaron a la priora desde el Obispado de Lérida, advirtiendo que si no se cumplían los trámites y prescripciones que mandaba la ley, quedarían todos sujetos a excomunión. Que les fue indicado a las monjas que el permiso no debía concederlo el Ministerio de Bellas Artes, sino el de Gracia y Justicia. Que se intentó conseguir permiso de este último ministerio en abril de 1926; para entonces ya se tenía autorización  eclesiástica. Que Mariano de Pano hizo la misma solicitud, indicando que se trataba de objetos “de escasa importancia artística”, excepto dos de ellos, que habían de quedar en el Museo de Zaragoza. Que de Madrid se respondió en mayo exigiendo de nuevo que se acreditase que se cumplían los preceptos legales. Que las monjas perdieron la paciencia con tanta solicitud y tanta negativa y tanto papeleo. Y que el anticuario declaró que se comprometía a que los objetos “no salieran de la Nación”.

En mayo de 1926, por tanto, no había ni venta ni autorización ninguna. Carmen Berlabé no puede afirmar, como hace con insistencia, que en 1925 se vendiera nada, y menos con ninguna clase de autorización ministerial. Puede ser que ella haya documentado todo eso después, aunque vistas las palabras de Velasco, que imagina que las autorizaciones deben de estar en algún lado, lo dudo; pero yo le he pedido que muestre esas autorizaciones ministeriales y no me ha contestado.

Las dos piezas destacables de ese lote, sin embargo, se vendieron. No en 1925 y no sabemos si con autorización o no. La arqueta está en el Museu Marés de Barcelona, no sabemos desde qué fecha. Y el cuadrito de Santa Úrsula está en el Museo de Zaragoza, donde consta como adquirido el 6 de diciembre de 1927, vendido por alguien que no era la priora del monasterio ni el anticuario Mariano Otal. Al final, pues, las monjas se salieron con la suya, después de desesperarse de intentar hacerlo por la vía legal. Si no consta autorización ministerial para esa venta, las dos piezas se pueden reclamar.

Lo que desde luego no ocurre es que esa venta ni esas autorizaciones “sean la clave de todo” ni echen por tierra ningún argumento de la sentencia. Porque el planteamiento de Velasco y Berlabé es erróneo: el primero dice que si había autorización ministerial para las ventas “quiere decir que no consideraban los bienes muebles como parte de la declaración de 1923” y la segunda habla de “la prohibición de vender” después de dicha declaración. Ambos saben que esto no es así. No está prohibido vender los bienes declarados; pero han de venderse cumpliendo una serie de requisitos legales, y con una autorización ministerial. Sin más. Plantear otra cosa sí es retorcer los argumentos y tergiversar, por no decir mentir.

En fin.

Me he centrado en el chiringuito y la tesis. Como esto está quedando muy largo, dejo las cucharillas y las sobras para una segunda parte.

 

 

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Sijena no os importa

A quienes tanto habláis de la historia común, de las relaciones de vecindad entre Lleida y Huesca, de los vínculos seculares entre la Catalunya de Ponent y el Aragón oriental, os digo que Sijena no os importa. Si os importara, consideraríais ese lugar un símbolo de la historia de Aragón y Cataluña, lo protegeríais como panteón real que fue de un monarca común y de grandes personajes de gestas compartidas; como primer Archivo Real, génesis del de la Corona de Aragón en Barcelona; como foco artístico impresionante que dio luz a algunas de las creaciones más sensacionales del arte medieval en la Península Ibérica.

Todo eso fue Sijena y debería seguir siéndolo. Porque el lugar estuvo vivo hasta 1970. Sus monjas dieron buena muestra de tenacidad en la defensa de un lugar que amaban y al que todos dieron la espalda en un momento dado. Sijena tiene una historia de más de 800 años y no estuvo descuidado hasta su incendio; y después de su incendio, fue habitado por las dueñas, que vivieron entre las ruinas dando ejemplo de valentía y dignidad, hasta que no pudieron más y, con excusa de unas obras, accedieron a salir de allí temporalmente.

De 833 años de vida, tuvo 15 de abandono: entre 1970 y 1985, en que volvió a ser habitado. Cuando se habla de la desidia y el abandono en que estuvo este lugar, vivediós que me sublevo. He llegado a leer a gente muy circunspecta afirmar que el monasterio fue abandonado cuando la Desamortización, o que “se ensorró” en 1990. Y si dijeran que las monjas comían niños crudos, sería lo mismo: este tipo de majaderías se recibe de forma acrítica, todo se da por bueno con tal de que abunde en el tópico del Aragón que no se preocupa por su patrimonio.

Si alguien se hubiera interesado de verdad por Sijena, entendería perfectamente que en Aragón peleemos por devolverle sus bienes. Es más, contribuiría a ello. Pero las palabras huecas es lo que tienen: que en realidad solo se usan como dardos.

No se preocupó por Sijena el obispo de Lérida. Nunca. El monasterio dependió de este obispado desde 1873, y el obispo solo mostró interés por él para hacerse con piezas para su museo, pero jamás para procurar su bienestar, ofrecerle recursos con los que mantener su patrimonio o buscarlos en la Administración para destinárselos. Construyó su museo, para eso sí hubo dinero. Su edificio seminario, su palacio episcopal, todo eso sí estaba bien conservado, no le faltaba nada. Para las parroquias a su cargo, cero. Para este monasterio emblemático en la historia, guardián de ricos tesoros artísticos durante siglos, símbolo, este sí, de una historia común, nada. Nada. Llevarse sí, aportar jamás.

Los sucesivos señores obispos se vendieron piezas del patrimonio de la diócesis cuando les convino y no por poco dinero (así, con el Terno de San Valero, por ejemplo, que no fue ni mucho menos la única pieza que se enajenó); ese dinero no fue a parar nunca a las parroquias ni a Sijena. En 1945, el que estaba en el cargo en ese momento escribía a la Don. Gral. Bellas Artes, a Madrid, para decir que Sijena se podría restaurar si se enajenaban bienes que tenían las monjas, entre ellos las pinturas y “la Silla de Doña Sancha”; cuando se dio cuenta de que esta silla, que no se llama de Doña Sancha sino de Doña Blanca, estaba en Lérida, la retiró de las posibles cosas que se podían vender para salvar el monasterio. Un monasterio, por cierto, que se tendría que haber restaurado por iniciativa de esa Don. Gral., sin que nadie se tuviera que vender nada. A mí todo esto me revuelve mucho las tripas.

El patrimonio artístico estaba a cargo del obispado, era su responsabilidad cuidarlo y velar por él, pero si algo se echó a perder la culpa fue de los aragoneses; lo que se salvó, tras 800 años de salvaguarda en su lugar, lo salvaron los catalanes.

Si quisierais a Sijena, si os importara, en lugar de llenaros la boca de palabras vacías estaríais ayudando a su recuperación. Como se recuperó Poblet (en la época franquista, por cierto), no solo arquitectónicamente sino, en la medida en la que se pudo, con la restitución de su patrimonio: ¿aquel empeño en recuperar Poblet, símbolo histórico tan importante, fue un acto noble de un pueblo culto que muestra amor por la historia y el arte, pero el empeño en recuperar Sijena es obcecación de tozudos aragoneses españolistas opusdeístas anticatalanes? ¡Venga ya!

Los únicos que nos hemos preocupado por Sijena hemos sido los aragoneses. Desde el momento en que empezó a peligrar su integridad, allá por 1835, las únicas muestras de interés por cuidarlo, protegerlo, restaurarlo, vinieron de Aragón y singularmente de Huesca. Ni Barcelona ni Lérida hicieron otra cosa que sacar de allí las piezas que había. Madrid pasaba olímpicamente de todo, como suele hacer con “provincias”. Solos nosotros hemos cuidado y recuperado lo que hemos podido. No vengáis ahora con historias comunes que suenan a sarcasmo, y dejad de poner palos en las ruedas.

Y no busquéis argumentos cogidos por los pelos: el patrimonio de Sijena está, en su absoluta mayor parte, en Barcelona y Lérida. En Madrid, Toledo y otros lugares, tanto españoles como no, hay algunas piezas, pero casi se pueden contar con los dedos de una mano, mientras que en Cataluña son cientos. Y ni exhibís los bienes ni los dejáis ver ni los estudiáis, solo los atesoráis. Dejad de argüir el puñetero anticatalanismo, que eso no es más que un irresponsable afán incendiario, tremendamente dañino e injusto, azuzado con tal de preservar el propio interés.

Sí, alguno de los de la historia común ha ido a Sijena… para soltar veneno después en la prensa. Ese es el amor que tenemos por Sijena, el interés por preservar Sijena, la fraternidad de un territorio al que unen lazos nosequé, el referente íntimo al que llevamos treinta años yendo. Amos, anda. Que me dan ganas de sacar la mano de dar collejas y dejar a la Amparo Baró a la altura del barro.

 

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Mercè Ibarz y la humedad de Sijena

Mercè Ibarz publica hoy en El País un artículo sobre Sijena. Ella lleva, dice, treinta años yendo allí y nos recomienda que visitemos el monasterio pese a que no lo hace con mucha confianza, pues duda de que haya alguien a quien le interese el arte.

Afirma que hay tres buenas razones para plantearse la visita: la maravillosa arquitectura del monasterio, la de revivir una historia secular y la de ver qué podría pasar si se devuelven a su lugar de origen los frescos de su sala capitular. Pero, en realidad, escribe para contarnos que ha descubierto que en Sijena hay humedades, que esas humedades están ahí desde siempre porque el monasterio se fundó sobre una laguna y que ha decidido contarlo porque eso todo el mundo se lo calla.

A comienzos de año la Sra. Ibarz ya publicó un artículo sobre Sijena diciendo que para ella era ese lugar era “un referente íntimo”, que lo había visitado mucho y que era ella quien se lo había dado a conocer a un montón de gente, incluidos sus paisanos, que son aragoneses, de Zaidín. Aunque, en realidad, lo que quería hacer era aprovechar para dar hostias a Aragón. En su día ya me reí de ese artículo porque incluía tantos errores de bulto que resultaba gracioso que Sijena fuese para ella un referente íntimo y asegurara haberse dedicado, precisamente, a darlo a conocer. Recomiendo a  todos aquellos que han conocido Sijena a través de la Sra. Ibarz que se busquen otra fuente de información.

Hoy me río también de este artículo. Insiste en que lleva treinta años yendo a ver el monasterio. Y en treinta años no se ha enterado de que la Sala Capitular de Sijena no tiene forma de L. Lo que tiene forma de L, señora mía, es el dormitorio de las monjas. La sala capitular tiene planta rectangular y cinco arcos diafragma que apoyan directamente en la pared. Esos arcos fueron reproducidos en el MNAC para colocar sobre ellos los bastidores con las pinturas arrancadas y restauradas, en un espacio que también reproduce aproximadamente la planta y dimensiones de la sala. Si usted está confundiendo de esa forma bochornosa la Sala Capitular  con el dormitorio, significa que ni ha visto la sala en Sijena ni ha visto tampoco sus pinturas en el MNAC. Llevan expuestas 55 años.

¿Quién es aquí la que no se interesa por el arte?

De historia tampoco andamos muy finos: le informaré, Sra. Ibarz, de que Sijena no estuvo vinculada al obispado de Lérida hasta 1873. Ese obispado no “rigió el monasterio durante ocho siglos”. Si usted hubiera mantenido algún tipo de relación con Sijena durante treinta años, lo sabría perfectamente. Tampoco tuvo que ver nada el Opus Dei, ni su fundador (a quien no nombra, como si fuera Voldemort), ni Torreciudad, ni Belloch (esto me ha dado un particular ataque de risa) con la división del obispado de Lérida en 1995. Lo que hace no tener ni idea de historia y sí poco sentido crítico…

La Sra. Ibarz visita el monasterio y se entera del horario que tiene. Lo visita con una guía joven, dice, que es de Madrid; en realidad, es una de las monjitas de la Orden de Belén, que ocupa el monasterio en las últimas décadas, y se presta a dar ese servicio a los visitantes porque es muy amable. Ve unos agujeritos en la parte baja de los muros de la iglesia, que es un sistema que se suele utilizar para evitar las humedades en los monumentos restaurados, y le parece que por allí “mana la humedad varias veces al día”. Los arquitectos deben de estar tirados por el suelo, doblados de la risa, ya, a estas alturas.

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(La foto es de Manel Miró. La Sra. Ibarz se imagina chorros de agua saliendo por los agujeritos.)

A mí, lo confieso, se me han saltado las lágrimas cuando he leído lo de que a las monjas las atacaban los mosquitos por doquier. Por favor, qué poca seriedad…

El monasterio era insalubre por húmedo, sí. Las monjas se quejaron de ello a lo largo  de toda su historia. Se hicieron dormitorios en alto, precisamente, para librarse de ella. Pero sufrían de reúma, de asma, etc. No de que les picaran los mosquitos. Y no fueron jamás una comunidad de clausura, ni se plegaron a las órdenes vaticanas que la impusieron a las congregaciones femeninas tras el Concilio de Trento, en el siglo XVI. Consiguieron dispensa papal porque eran unas señoras nobles en un monasterio de fundación real que defendieron siempre su independencia y la forma de vida que marcaba su regla desde el siglo XII, no porque les picaran los mosquitos o porque les molestara la humedad.

Sijena fue fundado hace más de ochocientos años y siempre tuvo humedad. Y siempre tuvo pinturas, que antes de su incendio se conservaban prácticamente intactas. Es cierto que hay que garantizar unas condiciones perfectas para acogerlas de nuevo, que hoy no se cumplen. Yo, se lo digo en serio, preferiría que las pinturas se quedaran en Barcelona a que fueran llevadas a un sitio que las pusiera en peligro. Sé que el Gobierno de Aragón va a tener que invertir en lograr esas condiciones más dinero y más tiempo que el que inicialmente prevé, al menos según lo que se ha publicado en prensa. Pero poder hacerse, se puede, ya lo creo que se puede.

Unas consideraciones finales más:

1) En los dormitorios no había pinturas ennegrecidas por el humo guerracivilista;

2) La portada de la iglesia no tiene “adornos”, si con eso se refiere a que no está esculpida, pero sí capiteles;

3) Esa portada no estuvo pintada;

4) El dormitorio no tiene “un formidable capitel en palmera”, sino que algunos de los arcos diafragma que sustentaban la techumbre en esta sala se recogen juntos en un determinado punto y hacen el efecto de una palmera; ahí sí que no hay capiteles. Veo que sigue sin entenderlo, aunque ahora, por lo menos, ya no habla de “una planta románica en palmera”, que era una cosa tronchante.

Monasterio de Sijena, Villanueva de Sijena- Archivo del Gobierno de Aragón

Monasterio de Sijena, Villanueva de Sijena- Archivo del Gobierno de Aragón

y 5) En los años 90 el monasterio fue restaurado. Lo fue cuando el Gobierno de Aragón asumió las competencias en Patrimonio. Años después puso dinero para continuar esa restauración Caja Madrid, no La Caixa. Y se restauró buena parte del edificio. Usted dice que no, que solo se hicieron viviendas para las monjas. No es cierto.

Señora Ibarz, qué poco rigor demuestra. Y qué mala leche. ¿Qué le pasa con Aragón?

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¿Pero se podía vender o no?

Observo en las últimas semanas, en algún muro de Twitter, que existe una gran confusión acerca de la posibilidad de que se pudieran vender o no los bienes del patrimonio de Sijena tras haber sido declarado Monumento Nacional. ¿Cómo puede decir la juez –se preguntan los confusos- que el patrimonio de Sijena era inseparable si se documentan muchos casos de ventas de piezas procedentes de otros monumentos nacionales efectuadas después de su declaración como tales? Y ha habido quien se ha lanzado a una frenética búsqueda de ejemplos que constaten esas ventas o “separaciones” de patrimonio (no sólo hay ventas), tratando de poner en duda la validez de la sentencia que declaró nulas las enajenaciones de bienes de Sijena entre 1983 y 1994.

“¿Dónde ponemos los límites? ¿Quién los pone?”, he leído en conclusión. La respuesta es muy fácil, queridos confusos: los límites los pone la ley. O, por mejor decir, las leyes, que hay varias y son muy claras. Se trata de que, cuando existe una declaración de Monumento o, actualmente, Bien de Interés Cultural (BIC), el patrimonio que se quiera enajenar ha de tener una autorización por parte de la Administración competente. Así, para según qué piezas no se autorizará la venta (el retablo mayor del Pilar no se vendería aunque se empeñaran los canónigos, por ejemplo) y para otras, que no se consideren piezas fundamentales aunque tengan interés histórico-artístico, se procurará que queden en manos públicas, es decir, que no vayan a parar a coleccionistas privados y se sustraigan así al derecho de la sociedad de acceder a ellos. En todo caso, al ser patrimonio protegido, la notificación de cualquier pretensión de venta de bienes de un Monumento Nacional/BIC es obligatoria.

Lo dicen las leyes todo el rato, una tras otra. La juez se remite hasta 1923, como puede verse:

sobre enajenaciones bienes 1923

Esas disposiciones se mantuvieron vigentes con la ley de Patrimonio de 1933 y con la de 1964. La juez es muy clara: se exigía una resolución expresa de la Administración para desafectar bienes de un monumento; y repite: “Sin un acto expreso de la Administración que tutela el monumento, no se puede vender parte del mismo”. En el caso de Sijena, no hubo tal resolución. Por eso, entre otras causas (no olvidemos que son varias), las ventas de su patrimonio han sido declaradas nulas de pleno derecho.

Eso, con la venta efectuada en 1983. Para las dos siguientes, que tuvieron lugar en 1992 y 1994, era ya aplicable la ley de patrimonio vigente ahora, promulgada en 1985. En esta se dice que “tendrán la consideración de bien de interés cultural los bienes muebles contenidos en un inmueble que haya sido objeto de dicha declaración y que esta los reconozca como parte esencial de su historia”. Para vender cualquiera de esos bienes, “deberá notificarlo al órgano de la Comunidad Autónoma correspondiente […] y al Ministerio de Cultura”.

Pero nadie notificó nada.

Ni siquiera era necesario que los bienes estuvieran declarados. El decreto de 1953 sobre comercio de obras de arte afirma que los vendedores debían “dar cuenta de la operación proyectada a la dirección General de Bellas Artes por escrito y con una antelación mínima de quince días” siempre que fueran piezas de precio superior a 50.000 pesetas; y en 1969 esa notificación se extiende a toda venta de objetos artísticos, aunque su precio fuera inferior. Con lo cual, concluye la juez, “en España, cualquier venta de un objeto artístico debía ser insinuada con antelación y por escrito a la Administración bajo pena de multa para que la Administración pudiera reaccionar a tiempo”.

Se pueden buscar todas las ventas de piezas que se quiera procedentes de monumentos declarados: en cada caso habrá que ver si contaron con autorización administrativa para ello o no. Si la tuvieron, las ventas fueron legales. Y si no la tuvieron, no. Así de simple.

Como colofón, es preciso hacer notar que no solo las ventas de ese patrimonio fueron ilegales, lo fue su mismo traslado en 1970. Esto es lo que dice la juez:

cuando las religiosas de Sijena abandonaron el Monasterio y se desplazaron al Monasterio barcelonés de Valldoreix, un buen número de piezas artísticas del Monasterio quedaron depositadas en el Museo Diocesano de Lérida y otras fueron llevadas directamente a Monasterio de Valldoreix o al MNAC, traslado que se realizó sin ninguna autorización administrativa previa y preceptiva de la administración competente que permitiese esta desmembración del Bien de Interés Cultural, al separarse bienes integrantes del mismo.

No notificar ese traslado de bienes es ya de por sí una irregularidad grave: no se pueden sacar cientos de piezas de un Monumento Nacional, o simplemente cientos de obras artísticas de un monasterio, muchas de ellas de gran valor histórico y artístico, sin dar cuenta de ello a la Administración. Fue tanto como llevárselo a escondidas.

De Sijena no solo salieron “cucharas, tenedores y platos rotos”, como he leído por ahí. Salieron también piezas importantísimas de nuestro patrimonio; un patrimonio que moralmente es de todos y legalmente de Sijena. Y a Sijena debe volver, pues es su casa.

 

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Sólo los muros desnudos

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Imagínense la idea: el Monasterio de Sijena se declaró Monumento Nacional en 1923, pero esa declaración sólo afectó a sus a su arquitectura “pelada”. Quienes instaron su declaración para que fuera protegido, quienes elaboraron informes sobre los méritos que poseía para merecer tal declaración, sólo pensaron en sus muros desnudos. Y lo mismo quien la aprobó. Las pinturas murales de su Sala Capitular, que fueron las más extraordinarias de su tiempo en toda Europa y una de las creaciones más importantes del arte medieval en todo el mundo, no quedaban incluidas. Tampoco la techumbre que cubría la sala, obra maravillosa del arte dizque mudéjar, quizá islámico, que asombraba a todo aquel que la contemplase. Ni por supuesto su patrimonio artístico en general, tanto retablos como sepulcros, puertas o alhajas preciosas: todo eso quedó sin proteger. Se podía vender alegremente, sin más.

Las monjas podían haber dejado el monasterio vacío, raso, con sus paredes raspadas, sin puertas y ventanas, sin retablos ni coro ni vírgenes ni relicarios, siempre que mantuvieran la mera arquitectura en pie. Sólo estaban protegidas las bóvedas, las piedras, los cimientos.

¿Les parece una posibilidad real?

Pues en eso están empeñados los conservadores del Museo de Lérida, con tal de hacer ver que las ventas del patrimonio de Sijena efectuadas entre 1983 y 1994 a la Generalitat y al MNAC fueron legales. Nada que no fuera puramente arquitectónico, nada ajeno a la simple y llana materia con la que fueron construidos los edificios monásticos, estaba comprendida en la protección legal que otorgaba al Monumento su declaración como tal. Ni siquiera las pinturas murales: no son arquitectura, se podían vender sin ninguna clase de control por parte de nadie.

puertas palacio prioral, foto Juan Mora

Según ellos, el texto de la declaración lisa y lasa, “la que vale”, no nombraba ningún elemento de arte mueble, así que cuando en la sentencia se afirma que la declaración de 1923 “recayó sobre el inmueble con todas sus partes integrantes”, comprendiendo “sus cornisas, sus columnas, sus capiteles, sus bajorrelieves, los frescos o pinturas de sus paredes, sus puertas y, en general, todo aquello que se encuentra unido al inmueble formando parte del mismo”, lo que hace es interpretar la ley con poco cuidado, de manera torticera e interesada. Por tanto, inválida y revisable. Y anticatalana.

Hay que acudir al texto de esa declaración. ¿Lo quieren ver? Se publicó en el BOE de 27 de abril de 1923 (entonces se llamaba Gazeta de Madrid). Aquí les pongo una foto:

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Les pido que centren su atención en dos cosas: en la marca roja que hay al principio y en la parte inferior de la foto, la que va debajo de donde dice “SALVATELLA”.

–La marca roja señala un hecho: la declaración de Sijena como Monumento se hizo “de conformidad con los informes emitidos por las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando”. Creo que todo el mundo, salvo al parecer los conservadores del Museu de Lleida, entienden lo que eso significa: se declara el monumento no porque sí, sin más, sino porque se ha tenido en cuenta lo que dicen los informes señalados, de acuerdo con ellos.

–La parte inferior de la foto da fe de que la escueta declaración, en lugar de detallar de manera prolija todo aquello con lo que estaba conforme, lo que hace es simplemente reproducir los informes mismos en los que se basaba. Y en ellos se indica lo que para los académicos resultaba importante proteger, los méritos que acumulaba Sijena para merecer ser declarado Monumento Nacional.

El de Bellas Artes de San Fernando dice que, desde el punto de vista artístico, debe tenerse en cuenta para el dictamen toda la descripción de méritos elaborada por la Comisión Provincial de Monumentos de Huesca y que se contiene en el expediente, e indica:

Sólo la sala capitular, por su originalísima decoración y espléndida policromía de sus pinturas murales, por sus artesonados de riquísimos entrelazos mudéjares, portadas y esculturas, debe ser estimada como ejemplar único y sobresaliente en el arte hispano, pudiéndose decir otro tanto de la sala prioral y de la llamada de la Reina. No menos notables resultan los retablos, sillería y sepulcros  que asimismo contiene.

Por todo ello, esta Academia estima que el Monasterio de Sigena, en la provincia de Huesca, tan interesante por su historia como valioso por el caudal artístico que atesora, es digno por todos conceptos de ser declarado Monumento Nacional para sus especiales efectos.

Por si no había quedado claro, se reproduce seguidamente el informe de la Real Academia de la Historia, que alaba asimismo la memoria hecha por la Comisión Provincial de Monumentos de Huesca (redactada por Ricardo del Arco), en la que se basa, para concluir que sus méritos artísticos merecen protección. Cita el panteón real, las pinturas murales de la iglesia, la sillería del coro, la imagen de la Virgen titular, la sala capitular con su techumbre y rica decoración pintada (“preciosa obra artística”), la sala prioral con su techumbre… Y añade:

Guardan el monasterio y su iglesia obras varias, artísticas y de recuerdo histórico, además de las enumeradas partes, todas ellas integrantes del Monumento, cuales son, entre otras, retratos de las nobles prioras y retablos, de los cuales menester es citar el del panteón real […]

Tales son, en breve síntesis apuntados, los méritos que distinguen al Monasterio de Sigena entre las egregias fundaciones y construcciones bellamente exornadas, y que justifican con creces la petición formulada por la Comisión de Monumentos de Huesca de que éste de que se trata sea declarado nacional.

Me parece que no puede estar más claro. También se lo parece a la juez que ha dictado la sentencia. Pero no se lo parece a los conservadores del Museu de Lleida, que estiman que si no se dice nada en el texto estricto de la declaración, todo lo que va detrás no se vale. Deben de pensar, quizá, que en la Gazeta de Madrid (BOE) se publicaron esos informes porque se encontraron con que había ahí un hueco tonto en blanco y a los de la imprenta no se les ocurrió mejor cosa que poner.

Sin ironías: no se puede sostener ese argumento. Pretender que Sijena solo fue protegido en su estricta arquitectura es absurdo. No hay más ciego que el que no quiere ver. Se están agarrando a un clavo ardiendo.

Miren: en 1904 se declaró Monumento Nacional la basílica del Pilar en Zaragoza (sobre la que debo un comentario específico). Este es el texto de su declaración:

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¿Se fijan? La declaración “estricta” no dice nada. Pero acto seguido se incluye el informe emitido sobre los méritos artísticos que justifican su declaración como monumento por parte de la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Ahí se citan el coro, el retablo de Forment, las pinturas de Goya, la propia talla de la Virgen… Piezas que, según el peculiar juicio de los conservadores del Museu de Lleida no quedaron incluidas en la declaración, por lo que podrían venderse sin problemas. Solo quedaría protegido el edificio puramente dicho, su mera arquitectura, aunque resulte que los académicos juzguen, precisamente, que el edificio no tiene gran interés y que lo que sí interesa es su patrimonio artístico.

el pilar 2La sentencia que declara nulas de pleno derecho las ventas de patrimonio de Sijena efectuadas en 1983, 1992 y 1994 se basa en otros argumentos, como hemos dicho. A esos dedicaremos otro post.

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Me falta un Cristo para completar la colección

Alfonso Salillas recordaba el otro día, cuando se produjo el traslado de la cuna del Belén de Sijena al Museo de Zaragoza, cómo las monjas le dejaban jugar cuando era niño con las minúsculas campanillas que tiene esa pieza. Es un recuerdo sencillo, una simple anécdota, pero ilustra muy bien la enorme diferencia que existe en el trato que se da al patrimonio por parte de quienes lo tienen como suyo, la gente de los pueblos a los que esos bienes pertenecieron, y por parte de quienes sólo ven en él su valor artístico o material, desde un enfoque meramente académico o técnico. Qué distinto es decir “Esa Virgen era la patrona de mi pueblo” o “Esa talla románica completa nuestra colección”.

Uno ve en un museo, cualquiera de ellos, una vitrina llena de vírgenes románicas y se pregunta qué hacen ahí, de qué sirve acumular unas tallas que al formar parte de una serie han perdido su sentido. “La Virgen de tal lugar” se convirtió en “una pieza escultórica del siglo XIII” metida con otras compañeras en una vitrina, una más. Los turistas pasan delante de ellas, les dedican una mirada durante unos segundos, quizá escuchan un comentario genérico en la audioguía, y pasan a otra cosa. A la siguiente vitrina, esta vez llena de cruces y cálices, o a la decimoséptima pared con retablos colgados.

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Los museos de arte antiguo han ejercido un papel importantísimo en la conservación del patrimonio en épocas en las que sufrió peligro de deterioro, venta o desaparición por distintos motivos. Es cierto, es incuestionable, y es su mayor mérito. Pero llevan cumpliendo esa función unos cien años, algunos mucho menos, mientras que los pueblos han conservado ese patrimonio durante siglos y siglos. Los eruditos, académicos y coleccionistas no valoraron, por ejemplo, el arte románico hasta tiempos relativamente recientes; por el contrario, lo despreciaron y tacharon como “arte bárbaro”. En los pueblos, sin embargo, aquellas toscas imágenes fueron respetadas siempre, permanecieron inmunes a los variables criterios académicos porque eran suyas, formaban parte de su identidad, habían sido veneradas durante generaciones y a su intercesión se acudía en la zozobra. Daba igual que fueran feas o bonitas, valiosas o no, de un siglo o de otro, de madera o metal, denostadas o ensalzadas en los libros. Se trataba de otra cosa más honda y auténtica. Los mejores guardianes del arte fueron esos pueblerinos que no entendían de criterios estilísticos y que invariablemente han sido y son denostados, menospreciados por los ámbitos cultos.

Tan menospreciados que, a menudo, ni siquiera pusieron el nombre del lugar de procedencia de las piezas que iban entrando a los museos: qué más daba, qué importaba, era una buena tabla gótica, o una preciosa cruz procesional, o un relicario… que acrecentaban la colección. Hay cientos, miles de piezas expuestas en los museos cuyo origen se desconoce.

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Quizá el caso más extremo sea el del Museu Marès, del que proceden las fotografías que ilustran este texto, cuyas colecciones son excesivas, mareantes, resultado de una acumulación obsesiva de su dueño, que llegó a las 66.000 piezas. Alli, las esculturas románicas comparten espacio con series inacabables de llaves, pipas de fumador, bicicletas antiguas, bastones, abanicos, pianolas, clavos… Pero, en el fondo, la impresión de collage absurdo tarda en olvidársenos tras la visita a la mayoría de los museos.

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Una periodista de El Punt Avui en Villanueva de Sijena

Artículo publicado hoy en “El Punt Avui” sobre Villanueva de Sijena: “Un poble que espera“, escrito por María Palau. La periodista se sorprende de no ver a nadie por la calle a las cuatro de la tarde. Ella misma señala que hace calor. Búscame un pueblo, donde quieras, en el que haya gente a finales de julio por la calle a las cuatro de la tarde, con el calor. Todos los de pueblo nos descojonamos vivos con las recomendaciones que hacen las administraciones públicas sobre cómo protegerse de la chicharrina para el verano: estamos convencidos de que solo les hacen falta a los urbanitas.

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Anécdota aparte (bueno, anécdotas: la de que solo encuentre hombres en el bar echando la partida a esa hora también es para enmarcar), debo decirle a esta periodista que cuantos más artículos se escriban con el tono de éste, más reticencias se encontrarán los de su gremio a la hora de entrevistar a la gente de Villanueva. Acabarán diciendo que los de los pueblos somos gente oscura que no quiere hablar; y no se preguntarán por qué.

Hay material abundante en su reportaje para señalar y comentar en este sentido (todo lo referido a las obras en el monasterio es muy sabroso, por ejemplo), pero solo me centraré en una cosa: los vecinos, dice María Palau, reconocen que solo han visto las 44 obras que se guardan en el Museo de Lérida “por fotografías”; y Lérida, apostilla, está “a menos de una hora”.

La interpelo yo ahora directamente a ella: María, ¿tú has visto esas obras? Porque si es así, te felicito: los mortales comunes y corrientes, aunque seamos investigadores de Historia del Arte, no podemos hacerlo. Los vecinos de Villanueva, que efectivamente tienen la ciudad de Lérida y su museo a menos de una hora, tampoco. Excepto siete, el resto están en las reservas, ocultos a la vista del público y de los estudiosos (que tampoco pueden acceder al archivo), desde que entraron allí en 1970. La mujer del bar a la que has entrevistado, seguramente no habría nacido en esa fecha. Y los villanovanos que nacieron antes, solo las pudieron ver (y no todas) en 1993, en el corto periodo en que fueron expuestas en una muestra denominada “Pulchra” que conmemoraba el centenario de la fundación del Museo del Seminario de Lérida, adonde fueron a parar.

Ese museo, por aquellas fechas, ni siquiera podía denominarse tal. Tenía algunas piezas expuestas en las escaleras y el primer piso del Palacio Episcopal, sin horario estable de apertura al público ni condiciones. Un museo como tal, en Lérida, solo lo hubo de 1920 a 1936, aproximadamente. Y ahora, desde 2007. Menos lobos. Había que ver a los vecinos de Villanueva de Sijena, esos que no tienen a nadie por la calle en julio a las cuatro de la tarde, y donde no se ve a las mujeres jugar la partida de cartas en el bar a esa misma hora, y que fían su desarrollo a la llegada de unas piezas que serán el maná que les va a rescatar de la miseria, que ni las Hurdes, a un monasterio que abre solo unas horas los sábados, donde todo el mundo es sospechoso, donde hay un solo operario que está preparando a correcuita la sala donde se han de recibir las piezas, etc.; decía, había que ver a esos vecinos yendo a Lérida en 1993, en la única ocasión que se les dio de ver las piezas que había en ese sedicente museo procedentes de Sijena, identificándolas por la memoria o por lo que decía el catálogo, porque sí, algunas ni siquiera los nacidos antes de 1970 habían visto, pues eran de las monjas y no todas estaban a la vista.

Siguieron sin estarlo. Siguen sin estarlo hoy. Las hay que llevan más de 45 años sin exponer, muchos más, aunque solo se reclaman las que salieron del monasterio en 1970 y fueron vendidas ilegalmente en 1983, y que la mayoría, es verdad, nunca han visto. Pero no porque los de Villanueva de Sijena no quisieran: el desinterés, la desidia, la dejadez en su misión de divulgar las piezas del patrimonio de uno de los monasterios más importantes de nuestra historia, ha sido cosa de los del Museo de Lérida. Ciudad en la que, por cierto, tampoco se ve mucha gente por la calle en julio a las cuatro de la tarde. También ellos saben resguardarse del calor.

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Los costes de mantenimiento de las obras de Sijena

Un comentario muy repetido desde que se inició la reclamación de los bienes de Sijena en los juzgados viene a decir: “¡Que paguen los gastos de mantenimiento y conservación durante todos estos años!”. No creo que hubiera inconveniente en hacerlo, siempre y cuando hubiera habido alguno. No lo sabemos, puesto que la mayor parte de las obras no pueden verse. No están expuestas al público y tampoco se permite el acceso de los investigadores a las reservas ni a los archivos que guardan la documentación correspondiente (pese a que son públicos; sobre esto, hay tema para ooootro post).

Decía antes que, de lo poco que indirectamente sabemos, parece ser que mucho dinero no se ha gastado en ese mantenimiento. El Pantocrátor arrancado del coro de la iglesia de Sijena está, según afirma la conservadora de arte románico del MNAC, en un estado de conservación “muy precario” a día de hoy (bueno, en 2012, que es cuando lo dijo). Y del estado de otras pinturas murales arrancadas del monasterio y conservadas en la reserva, tenemos solo una noticia, un pequeño detalle, y es que han servido para que hagan prácticas con ellas los estudiantes de restauración.

Bonita manera de cuidar el patrimonio. Y costosa, sobre todo muy costosa.

Os dejo las imágenes, sacadas de la propia web del MNAC. Gracias a esto sabemos cómo son algunos de los fragmentos arrancados del ábside de Sijena, porque cualquier otra forma de acceso a estas piezas está vetada. Ya ven qué prodigio de transparencia y buenas prácticas muestra uno de los museos más importantes del mundo.

El PowerPoint lleva colgado varios años allí, pero un día de estos supongo que lo quitarán. Quede aquí constancia:

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Sobre los motivos del Museu de Lleida y del MNAC en defensa de sus colecciones

Leo en totlleida.cat el artículo “Motivos del Museo de Lérida y el MNAC en la defensa de sus colecciones“, firmado por Josep Maria Forné i Febrer, diputado de Junts pel Sí. Y encuentro tantos errores en esas motivaciones que recomendaría a Junts pel Sí que busquen otras nuevas. Las comento seguidamente, para que se vea por qué digo esto.

Las obras provenientes de Sijena han sido conservadas y están excelentemente expuestas en los dos museos, con una posibilidad de visita y difusión excepcionales“. Sólo está expuesta una pequeña parte de esas piezas. La mayoría están en los almacenes, sin haber visto la luz en 45 años (las que entraron en 1970) o en 80 (las que lo hicieron en 1936). Tanto como excepcional esa difusión no me parece, la verdad. Y en cuanto a la conservación, pues no se sabe, porque no se dejan ver ni a público ni a investigadores. De alguna cosa que sabemos, escribiré más tarde.

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Pintura del coro de Sijena arrancada en 1936, conservada desde entonces en la reserva del MNAC, jamás expuesta, y cuya conservación es “muy precaria”, según una técnica del propio museo.

Las obras de arte provenientes de Sijena tienen dos propietarios, el MNAC y la Generalitat de Cataluña. La propiedad está documentada y bien trazada: por un lado la protección después de la quema del monasterio en los primeros momentos de la Guerra Civil (mayoritariamente las pinturas murales que se encuentran en el MNAC) y en segundo lugar la compra de las obras que se encuentran en el Museu de Lleida“. Bueno, propietarios exactamente no son, ni la propiedad está documentada; si lo estuviera, no habría sido negada por los Tribunales y tendríamos los documentos publicados y, estos sí, excelentemente difundidos por la prensa. Por un lado, las pinturas salvadas (sí, salvadas) tras la quema del monasterio figuran en el MNAC en depósito, y un depósito no prescribe: ha de levantarse en el momento en que su dueño lo diga, haya pasado el tiempo que sea. Por otro lado, las ventas hechas a la Generalitat y al MNAC entre 1983 y 1994 han sido declaradas nulas de pleno derecho por sentencia judicial.

Hay que recordar que el monasterio fue abandonado por las monjas sanjuanistas en 1970 siendo un monasterio [que se hallaba] dentro del ámbito territorial de la diócesis de Lleida, y por eso se depositaron en el Museu de Lleida 44 obras, que se sumaban a unas anteriores donaciones que ya habían hecho“. (Aquí, una pequeña colleja al redactor de esta frase.) Las monjas no abandonaron el monasterio en 1970: se trasladaron porque se estaban haciendo obras en la parte que ellas habitaban, y su intención era volver cuando estuvieran terminadas. Su regreso no se produjo nunca, sin embargo. Por eso el depósito fue provisional; y precario al menos en el caso de Lleida, pues no consta ningún documento que lo formalice por parte de las monjas. Simplemente, las piezas se llevaron allí y allí han estado guardadas. Las “donaciones que ya habían hecho” con anterioridad las monjas de Sijena se reducen a la silla de Doña Blanca, que figura como donación de 1904, aunque esa donación nunca ha quedado clara, a falta, también, de documentación que la certifique.

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Silla de Doña Blanca, donada, al parecer, en 1904. No se reclama.

Entre 1983 y 1994 estas obras fueron compradas por la Generalitat, encontrándose las propietarias de las obras, las monjas sanjuanistas, en Valldoreix donde está su casa madre“. Mira que es corta la frase, y la de errores que contiene. Entre las fechas indicadas no fueron compradas todas las obras que se van mencionando en el artículo, aunque así pueda entenderse por cómo se ha escrito, sino sólo las que salieron del monasterio en 1970. Son 97 obras, 53 de las cuales están en Barcelona. Y no fueron compradas solo por la Generalitat, sino que uno de los lotes lo adquirió el MNAC. Las monjas propietarias se encontraban en Valldoreix, sí, pero ese monasterio NUNCA FUE SU CASA MADRE. Y lo pongo así en mayúsculas porque eso es una barbaridad del quince. La casa madre de la orden femenina sanjuanista siempre había sido y seguía siendo Sijena. Las ventas las hizo la priora de Valldoreix afirmando que ambas comunidades se habían fusionado, lo que no era cierto (han seguido siempre, hasta hoy, registradas como entidades diferentes). Ella no tenía derecho a disponer de esas obras y por eso se han anulado las ventas.

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En 1998 se consuma la división de la diócesis de Lleida que se había iniciado en 1995. Es entonces cuando el Monasterio, y muchas otras parroquias antes adscritas al obispado de Lleida desde hacía más de 800 años, pasan al obispado de Barbastro-Monzón“. El monasterio era un monasterio, no una parroquia. Y estuvo adscrito a la diócesis de Lérida desde 1873. Antes de esa fecha, las orgullosas dueñas de Sijena al obispo de Lérida no lo dejaban ni entrar. Pelearon como jabatas para mantener siempre su independencia. De modo que para relatar la historia de los 800 años de esa diócesis, a lo que menos se tiene que acudir es precisamente a Sijena.

El Gobierno de Aragón pide el derecho de retracto en la compra de las obras provenientes de Sijena. Esta demanda todavía está en los Tribunales.” Pues no, no señor. Esa demanda, que estuvo pendiente en el Constitucional 14 años (en el caso más excepcional de la historia de ese Tribunal) fue objeto de un fallo emitido en 2012. Vaya metedura de pata.

“…el Constitucional también falla rápidamente en favor de la validez de estas sentencias [se refiere a las más recientes, de 2015 y 2016], cuando en 2012 había dicho que no era aceptable el derecho de retracto. Pero eso no es técnicamente posible llevarlo a la práctica tiene, ni justo políticamente [sic]”. En la última frase, a saber lo que se habrá querido decir. Hay que ser un poco más pulido con los textos y no escribirlos al desgaire, sobre todo cuando tratan de cosas tan importantes. ¿Ve? Aquí hace referencia a la sentencia de 2012 del Constitucional, pese a que acaba de decir que todavía estaba la demanda en los Tribunales. En fin, que no parece tener muy claro de qué está hablando. De hecho, lo que se rechazó fue el derecho de retracto que pretendía Aragón, pero se dejó muy claro que se podía acudir a los Tribunales ordinarios para que se pronunciaran sobre la legalidad de las ventas. Que es lo que se ha hecho. No hay ninguna contradicción.

Cita a Joan Reñé, presidente de la Diputación de Lleida, que afirmó: “No es comprensible que un Museo, con una colección legal y legítima, ejemplo de buenas prácticas, por lo que hace a la forma de ingreso de los objetos […] se vea sometido al arbitrio de unos poderes políticos y los de una diócesis, la de Barbastro-Monzón, cuya historia no se remonta ni a un cuarto de siglo“. A ver, la diócesis de Barbastro-Monzón no tiene nada que ver en esta historia de Sijena. Nada. Todo ese montón de sonoras palabras (sometierse, arbitrio, poderes políticos, etc.) no “pegan” aquí en absoluto. La reclamación de los bienes de Sijena la hace el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Villanueva de Sijena para que las piezas vuelvan al monasterio, su lugar de origen. ¿Qué pinta aquí Barbastro? Diócesis que, por cierto, tiene una historia muy larga; ha sido como los ojos del Guadiana, sí, pero se remonta al siglo XII y es anterior, incluso, a la creación de la de Lérida.

Al único argumento del interés y el beneficio que aporta el hecho de que Sijena hoy territorialmente pertenezca a la administración aragonesa…”. ¿¿¿??? ¿Hoy? ¿A “la administración aragonesa”? Sijena está en los Monegros, en esa comarca por algunos tan denostada. ¿Saben ubicar la localidad en un mapa? Lo digo porque en la abundante documentación de todo el siglo XX que sobre los bienes de Sijena he consultado en estos últimos años, desde Barcelona no se sabía: decían que estaba “en el Bajo Aragón”, “en el Bajo Cinca”, pero ni una sola vez la localizan bien. Y ha sido aragonesa a lo largo de toda su historia.

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“…se contraponen los argumentos de la legalidad en los procedimientos de adquisición de los bienes (compra aprobada por el obispado de Lérida, el arzobispado de Barcelona y el mismo Vaticano, y que anteriormente el Ministerio ya había realizado con otras obras de Sijena)”. Todas esas aprobaciones eclesiásticas lo fueron para vender PATRIMONIO DE VALLDOREIX, no de Sijena. Así que no valen ni el papel en el que están escritas. Y lo de que el Ministerio hubiera aprobado ventas con otras obras de Sijena no es cierto: esa afirmación viene de una venta (pendiente de reclamación) de dos piezas que se hizo al parecer en 1927 y que, precisamente, no contó con ninguna autorización ministerial. Una pieza está en Zaragoza y la otra en el Museu Marés de Barcelona.

Termino ya, porque me canso y me figuro que estaré cansando a los posibles lectores. Este comentario es bastante más largo que el propio artículo. El resumen final de este último es que la defensa se basa “en la legalidad del procedimiento de adquisición [que ha sido rechazada por los Tribunales], en la obediencia a las leyes catalanas [que no a las del Estado, a las que están obligados mientras formen parte de él, como todos los ciudadanos], y en la legitimidad de una historia de más de 800 años, hilo argumental del Museu de Lleida [solo que Sijena, ya lo hemos dicho, solo dependió del obispado durante poco más de cien años], o en el hilo argumental de uno de los museos más importantes del mundo en el románico como es el MNAC [que si no es propietario de las obras, y el dueño las reclama, debe devolverlas porque así lo dice la ley]”.

Lo dicho: recomiendo a Junts pel Sí que busquen otros argumentos de defensa, porque estos no se sostienen.

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