Me falta un Cristo para completar la colección

Alfonso Salillas recordaba el otro día, cuando se produjo el traslado de la cuna del Belén de Sijena al Museo de Zaragoza, cómo las monjas le dejaban jugar cuando era niño con las minúsculas campanillas que tiene esa pieza. Es un recuerdo sencillo, una simple anécdota, pero ilustra muy bien la enorme diferencia que existe en el trato que se da al patrimonio por parte de quienes lo tienen como suyo, la gente de los pueblos a los que esos bienes pertenecieron, y por parte de quienes sólo ven en él su valor artístico o material, desde un enfoque meramente académico o técnico. Qué distinto es decir “Esa Virgen era la patrona de mi pueblo” o “Esa talla románica completa nuestra colección”.

Uno ve en un museo, cualquiera de ellos, una vitrina llena de vírgenes románicas y se pregunta qué hacen ahí, de qué sirve acumular unas tallas que al formar parte de una serie han perdido su sentido. “La Virgen de tal lugar” se convirtió en “una pieza escultórica del siglo XIII” metida con otras compañeras en una vitrina, una más. Los turistas pasan delante de ellas, les dedican una mirada durante unos segundos, quizá escuchan un comentario genérico en la audioguía, y pasan a otra cosa. A la siguiente vitrina, esta vez llena de cruces y cálices, o a la decimoséptima pared con retablos colgados.

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Los museos de arte antiguo han ejercido un papel importantísimo en la conservación del patrimonio en épocas en las que sufrió peligro de deterioro, venta o desaparición por distintos motivos. Es cierto, es incuestionable, y es su mayor mérito. Pero llevan cumpliendo esa función unos cien años, algunos mucho menos, mientras que los pueblos han conservado ese patrimonio durante siglos y siglos. Los eruditos, académicos y coleccionistas no valoraron, por ejemplo, el arte románico hasta tiempos relativamente recientes; por el contrario, lo despreciaron y tacharon como “arte bárbaro”. En los pueblos, sin embargo, aquellas toscas imágenes fueron respetadas siempre, permanecieron inmunes a los variables criterios académicos porque eran suyas, formaban parte de su identidad, habían sido veneradas durante generaciones y a su intercesión se acudía en la zozobra. Daba igual que fueran feas o bonitas, valiosas o no, de un siglo o de otro, de madera o metal, denostadas o ensalzadas en los libros. Se trataba de otra cosa más honda y auténtica. Los mejores guardianes del arte fueron esos pueblerinos que no entendían de criterios estilísticos y que invariablemente han sido y son denostados, menospreciados por los ámbitos cultos.

Tan menospreciados que, a menudo, ni siquiera pusieron el nombre del lugar de procedencia de las piezas que iban entrando a los museos: qué más daba, qué importaba, era una buena tabla gótica, o una preciosa cruz procesional, o un relicario… que acrecentaban la colección. Hay cientos, miles de piezas expuestas en los museos cuyo origen se desconoce.

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Quizá el caso más extremo sea el del Museu Marès, del que proceden las fotografías que ilustran este texto, cuyas colecciones son excesivas, mareantes, resultado de una acumulación obsesiva de su dueño, que llegó a las 66.000 piezas. Alli, las esculturas románicas comparten espacio con series inacabables de llaves, pipas de fumador, bicicletas antiguas, bastones, abanicos, pianolas, clavos… Pero, en el fondo, la impresión de collage absurdo tarda en olvidársenos tras la visita a la mayoría de los museos.

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Una respuesta a Me falta un Cristo para completar la colección

  1. Noli dijo:

    Maravilloso texto. Obras dispuestas en serie, como si fuesen cromos, sin ningún contexto, desprovistas de toda su emoción, y significación. Las guerras, las desamortizaciones, la llegada de ricachones y la fiebre del mercado del arte, la desprotección legal y política, el abandono de ermitas e iglesias por sus custodios, el robo ,el expolio, el fanatismo, la especulación… han hecho mucho daño a un patrimonio que se conservó celosamente durante siglos.

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